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Miguel P. León Padilla

Participa en MUSICALITURGICA.COM en el Servicio Litúrgico, aportando cada semana una homilía para el Domingo correspondiente.
Sacerdote de la Diócesis de Segorbe-Castellón.

Sábado, 4. Febrero 2017 - 17:12 Hora
V Domingo TO (Ciclo A)

1ªL.- El profeta enseña que la religión autentica no está tanto en las prácticas cuanto en la ayuda del menesteroso para que se pueda realizar como persona. El que promueve a la persona se hace luz de Dios en el mundo.
2ªL.- Pablo no pone su punto de apoyo en la sabiduría humana, sino en el conocimiento de Cristo crucificado, confía en la fuerza del mensaje.
Ev.-Jesús recurre al simbolismo de la luz, la sal y la ciudad, para advertir a sus discípulos de que han de testimoniar con su vida el valor de la fe y manifestar la bondad y cercanía de Dios.
PARA LLEVARLO A LA VIDA
Jesús acaba de proclamar con las Bienaventuranzas un estilo de vida tan nuevo como chocante. Y lo ha hecho con autoridad divina. El es el mesías, el salvador. Cuantos acogen estas enseñanzas se hacen sal y luz para el mundo.
Se trata de dos imágenes funcionales de lo que Dios quiere del cristiano en el mundo.
- La sal da valor y sabor a lo que toca. Pero para lograrlo tiene que dejar el salero y disolverse en los alimentos. Los discípulos son sal, es decir, sazonan y evitan la corrupción. Los discípulos de Jesús son insustituibles en nuestro mundo. La dificultad de que la sal químicamente no pueda perder su sabor (esta impropiedad de la imagen), pone de relieve la gravedad de lo que sucede, si los discípulos descuidan las obras: un aviso explícito para los que por la fe queremos hacer la obra de Dios. Cuando la sal se pierde, aún se puede usar en la limpieza pública. Pero inevitablemente los transeúntes la pisan. Si los discípulos no son sal no sirven para nada.
- La luz también es para otro. Con ella se ve, se puede caminar. Ocultarla no tiene sentido. Los discípulos de Jesús son luz que ilumina a los hombres y no hay más luz que ellos. De ellos depende que los demás hombres den gloria a Dios, es decir, descubran que es Padre. Y esto sólo lo descubrirán si los discípulos viven y son hermanos. En esta fraternidad consisten las buenas obras a que Jesús se refiere.
Así el cristiano, portador del don de Dios, no puede limitarse a gozarlo y vivirlo sólo él. Debe alumbrar y dar sabor al mundo. No por vanagloria o haciendo alarde de lo que posee, sino para que los demás, viéndolo, den gloria al Padre. El ejemplo más claro es el mismo Jesús, que siempre actuó poniendo su poder y enseñanzas al servicio de la gloria del Padre.
Estas dos pequeñas parábolas, dirigidas a los que han escuchado las bienaventuranzas, señalan, pues, el valor de las obras en favor de los hombres... Los discípulos harán de la tierra entera una ofrenda o acción de gracias a Dios.

Sábado, 28. Enero 2017 - 12:10 Hora
IV Domingo TO (Ciclo A)

1ªL.- El pueblo de Dios no coincide con una nación ni con una institución. Está de continuo naciendo en los humildes y los pobres, que buscan y tienen en Dios consuelo y sentido. Son un pequeño resto de la nación y de la institución, pero que sobrepasa sus fronteras y sus denominaciones; no se rige por ellas. La promesa de la vida lograda es para los que, sin duplicidad engañosa, orientan toda la persona por la aspiración al infinito.
2ªL.- Pablo invita a los corintios a tomar conciencia de lo que sucede en su propia comunidad y aprendan así a descubrir lo que es verdaderamente importante para responder a la llamada de Dios. Dios descalifica todos los caminos de salvación que ofrece el mundo: el poder, la riqueza, la sabiduría humana. Lo único que puede salvarnos es la fuerza liberadora que se manifiesta en la Cruz de Cristo.
Ev.- Ser discípulo de Jesús es llevar un estilo de vida caracterizado por la solidaridad con los que sufren y por la construcción de un orden de cosas diferente.
PARA LLEVARLO A LA VIDA
Jesús no sólo proclamó las bienaventuranzas, sino que las vivenció. Se ha hecho pobre, ha pasado hambre y sed, ha llorado y sufrido como nadie, ha sido perseguido y ha muerto en una cruz por amor a la justicia. Por eso sus palabras tienen pleno sentido. Cristo no engaña; en repetidas ocasiones avisa que, quien quiera seguirle, está llamado a amar de modo definitivo a los demás; y amar implica darse, y darse es renunciar a sí mismo; por eso, quien opta por Cristo acaba siendo pobre, porque no le queda más remedio; y acaba sufriendo, porque el amor que debía existir entre todos los hombres aún no es una realidad; y acaba llorando, teniendo misericordia, trabajando por la paz, siendo limpio de corazón, pasando hambre y sed de justicia...
Lo que declara bienaventurado son las personas, no las situaciones. Enumera ocho tipos de personas que han de afrontar una tarea dolorosa y lo hacen con una predisposición muy diferente a las valoraciones del mundo. Personas que optan por ser pobres en el espíritu, sufridos o no violentos, que lloran con esperanza, que se sienten hambrientos y sedientos de justicia, que han decidido ser misericordiosos o prestar ayuda, que se mantienen limpios de corazón, que trabajan por la paz, que son perseguidos por causa de la justicia.
Sólo quien se ha encontrado de verdad con Cristo, y se ha definido a favor de él, cambia sus actitudes ante la vida y transforma sus valores. Las bienaventuranzas son la consecuencia real de haberse decidido sinceramente por Jesús. La nueva realidad que vivencian quienes han optado por Cristo. Por eso es dichoso el pobre: porque su pobreza es fruto de una opción por Jesús. Quien llora siguiendo a Jesús lo hace porque comprende cosas que hacen llorar, quien llega a llorar como efecto de seguir a Cristo, ese es dichoso. Y así con demás bienaventuranzas. Primero es decidirse por Cristo; y luego descubrir la dicha.
Lo que esperamos, lo alcanzaremos por la gracia de Dios, pero no sin nuestra entrega y trabajo diario.

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