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Miguel P. León Padilla

Participa en MUSICALITURGICA.COM en el Servicio Litúrgico, aportando cada semana una homilía para el Domingo correspondiente.
Sacerdote de la Diócesis de Segorbe-Castellón.

Domingo, 2. Junio 2019 - 08:54 Hora
Ascension del Señor

1L.- Los cuarenta días de la estancia en la tierra del Resucitado, han sido un último tiempo de preparación de los apóstoles. La Resurrección no es el final, sino el preámbulo de una nueva etapa del Reino: la estancia de Cristo sentado a la derecha del Padre y de la misión de la Iglesia.
2L.- S.Pablo pretende que los efesios reconozcan: a)la esperanza a la que somos llamados, b)la herencia que esperamos, y c)el poder de Dios que se manifestó en la exaltación de Jesús resucitado y ahora actúa en nosotros, los creyentes, hasta que también resucitemos como nuestro Señor. La experiencia del dinamismo de la salvación sustenta una actitud esperanzada que se manifiesta en la acción de gracias por lo que ya han recibido y en la petición confiada de lo que está por venir.
Ev.- La ascensión es el reconocimiento de que Jesús ha regresado junto al Padre, es el resultado de la resurrección. A partir de ahora, habremos de verlo con los ojos de la fe, visión mucho más importante que el verlo físicamente.

PARA LLEVARLO A LA VIDA
El misterio de la Ascensión expresa que Jesús vive tras la resurrección en el seno del Padre, de donde había venido. El cielo que se eleva sobre la tierra, es símbolo de la intimidad inaccesible de Dios. Dios ha recibido ya en su seno al "primogénito de los muertos", al adelantado y cabeza de todos los hombres, uno de nosotros, que en su humanidad se ha llevado consigo un pedazo de nuestro mundo: su cuerpo glorioso. Y por Jesucristo y en Jesucristo nuestro mundo es una realidad entrañable y entrañada en el seno del Padre.
La Ascensión significa que Dios ama al mundo, a todo el mundo. Y significa que todo el mundo siente el impacto del amor de Dios y que las criaturas suspiran esperando que un día se manifieste la gloria de los hijos de Dios y aparezca la nueva tierra y el nuevo cielo. A partir de la Ascensión del Señor, la esperanza trabaja la historia de los hombres que son hijos del Futuro. El cristiano no puede ser un hombre que pase por el mundo con indiferencia. El cristiano ha de mantener viva la esperanza del mundo.
La Ascensión de Jesús significa que ha llegado el momento de nuestra responsabilidad: Jesús inició una tarea; nosotros tenemos que completarla: construir el reino de Dios, el reino de la paz y del amor. Por eso, no es cuestión de quedarse mirando al cielo, sino de inclinarse sobre las necesidades de la tierra. Lo nuestro es "anunciar a los pobres la buena nueva, proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, dar la libertad a los oprimidos y proclamar la misericordia y la gracia del Señor".
El Señor nos manda para que acudamos allá donde se nos necesite, donde haya un clamor, una injusticia, una tarea, una soledad. Nos manda para que seamos instrumentos de su paz. Nuestra misión es ir, como Jesús, por el mundo «haciendo el bien», amando, amando, como Jesús.
Desde esta conciencia viva, invoquemos la ayuda de Dios Padre en nuestro camino de fe:
Te damos gracias, Señor y Dios nuestro,
porque has resucitado a tu Hijo
y lo has encumbrado hasta tu diestra en el cielo.
De este modo has suscitado en nosotros una gran esperanza
y has abierto camino a las aspiraciones de nuestro corazón.
Te pedimos, Señor y Padre nuestro,
que sepamos ver tu claridad en los acontecimientos,
que podamos ver tu huella en todas las cosas,
para que no se apegue a ellas nuestro corazón
y se vea libre para remontarse hasta Ti.
Ayúdanos, Dios y Padre nuestro
a buscarte en el dolor y en la adversidad
a descubrirte en el gozo y en los placeres,
a sentirte cercano en los que sufren y tienen hambre,
a mirarte con amor en el pobre y el marginado.
Danos tu Espíritu, ¡oh Dios!,
para construir una vida y un mundo más hermoso,
donde todos puedan vivir en armonía como hermanos,
donde todos puedan llegar a conocerte
y en todos viva la esperanza de tu gloria.

EUCARISTÍA, 1993

Domingo, 26. Mayo 2019 - 08:44 Hora
VI Domingo de pascua (C)

1L.- Mientras los discípulos en la comunidad de Jerusalén seguían las antiguas tradiciones de Israel, los cristianos de Antioquía, procedentes de la gentilidad, no se consideraban ya obligados a la circuncisión y a las tradiciones judías. Surge el conflicto entre las dos mentalidades. La iglesia es comunidad dirigida por el Espíritu Santo y no quiere imponer más cargas legales que las imprescindibles. Si mantuvieron algunas tradiciones sobre la carne y la sangre fue por evitar la ruptura.
2.- El Espíritu que ha sido dado a la Iglesia y que la anima, reclama por la Iglesia la venida del Señor. ¡Ven, Señor Jesús!" Con este grito se cierra el libro del Apocalipsis y se abre el corazón de la Iglesia para la esperanza y para la vida de cara al Señor que ha de tornar.
Ev.- La marcha de Jesús ha de ser motivo de alegría. Ese retorno al Padre, teniendo este retorno encierra una presencialidad mayor: el señorío del Espíritu Santo, maestro, defensor, memoria viva y vivida de Cristo.
PARA LLEVARLO A LA VIDA
-"Mi paz os doy": Es una paz que brota de la locura del amor, que lo comparte todo, que no busca lo que es suyo y que todo lo perdona. Es una paz que supera la ley, va más allá de lo justo. Por eso, sólo los que aman como Cristo, construyen la paz.
Una paz que nos reconcilia con Dios en Jesucristo, no por merito nuestro, sino por pura gracia, por amor de Dios.
Cristo y su enseñanza es la clave de la verdadera paz. Si creemos en el y guardamos su palabra, Dios habitará en nuestros corazones. Y si Dios habita en nosotros, nada ni nadie debe perturbar ya esa paz que establece su presencia: "No tiemble vuestro corazón ni se acobarde".

La pacificación del hombre interior no es aún la pacificación del mundo, pero difunde la autentica paz. Por el contrario, el que no tiene paz en su interior es una fuente continua de conflictos allá donde viva. El miedo y el recelo hacen desconfiados y obligan a vivir a la defensiva. De ahí proceden hostilidades sin fundamento alguno.
Sólo los pacíficos, los que tienen esa paz en su interior, los que se sienten amados y abrazados por el mismo Dios, pueden dar la paz y traer la verdadera paz al mundo. Esta es la misión que nos ha encomendado Jesús a sus discípulos.
Amar a Cristo, cumplir sus enseñanzas, tener a Dios en el corazón, ser dócil a su Espíritu... Es la clave de la verdadera paz.

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