Miguel P. León Padilla
Participa en MUSICALITURGICA.COM en el Servicio Litúrgico, aportando cada semana una homilía para el Domingo correspondiente.
Sacerdote de la Diócesis de Segorbe-Castellón.
Sábado, 19. Septiembre 2026 - 09:34 Hora
XXV Domingo TO (Ciclo A)
1L.-La llamada a conversión por el profeta cuenta con la actitud del hombre que da el paso y con la de Dios que convierte. La misma llamada es fuerza. A distancia infinita del hombre detenido a ras de tierra en miras y proyectos, Dios está también cerca, en la aspiración insaciable de altura. Ni el hombre se puede convertir sin la fuerza de Dios que le atrae, ni Dios convierte al hombre, sin el hombre que se orienta hacia él.
2L.- Pablo, desde la cárcel de Efeso, escribe a la comunidad de Filipos, relativizando su propio testimonio martirial. Lo verdaderamente absoluto para él era cumplir su tarea evangelizadora: ¿aceptando la muerte?, ¿aceptando la absolución? Pablo no practicaba una mística masoquista: Cristo puede ser proclamado de muchos modos y maneras.
Evangelio.-
La parábola de hoy podríamos titularla "recompensa igual para un trabajo desigual". Cristo nos hace reparar en la diversidad de llamadas y tiempos de Dios. Dios combina la justicia y el amor en una medida que nos sobrepasa. Sus planes no son los nuestros.
PARA LLEVAR A LA VIDA
Definitivamente los caminos de Dios, no son nuestros caminos. El Evangelio de hoy nos presenta una de esas parábolas de Jesús que incomodan porque ponen en cuestión nuestro modo de entender la justicia.
A todos les ofrece trabajo. Y al final del día comienza a pagar, empezando por los últimos. Los que han trabajado desde el amanecer ven cómo reciben un denario. Entonces piensan que ellos recibirán más. Pero reciben exactamente lo mismo. Y aparece la protesta: «Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor».
Humanamente, podemos comprender su reacción. Hay una lógica de proporción: quien trabaja más merece más; quien llega después debería recibir menos. Es una lógica que pertenece a la justicia distributiva
La cuestión no es que el propietario sea injusto con los primeros. Cumple lo pactado. La cuestión es que su bondad no se limita a la medida de nuestros méritos.
Y aquí aparece una de las grandes paradojas del Evangelio: nosotros podemos aceptar que Dios sea justo, pero nos cuesta aceptar que sea generoso con quien, según nuestros criterios, quizá no lo merece tanto como nosotros. Llevamos una especie de contabilidad espiritual.
«Yo llevo tantos años en la Iglesia».«Yo he cumplido»...«Yo he sacrificado mucho». Y, sin darnos cuenta, podemos convertir nuestra relación con Dios en una relación de méritos, como si pudiéramos presentar una factura delante de Él.
Pero el Evangelio nos recuerda algo que necesitamos escuchar una
y otra vez: Dios no nos ama porque hayamos trabajado más; trabajamos en su viña porque ya hemos sido llamados y amados.
Jesús comienza la parábola con un propietario que sale continuamente a buscar trabajadores.Dios sale a nuestro encuentro.Hay personas que descubren a Dios muy pronto. Otras lo hacen después de muchos años. Algunas vuelven a la fe después de haberse alejado. Otras encuentran una vocación cuando pensaban que ya era demasiado tarde. Pero Dios no mira únicamente cuánto tiempo hemos estado en la viña. Mira la vida que cada persona ha podido vivir, las circunstancias que ha atravesado, las oportunidades que ha tenido y, sobre todo, la persona que tiene delante.La parábola no dice que el esfuerzo no tenga valor. Dice algo más profundo: el amor de Dios no puede entenderse como un salario que nosotros podamos reclamar.
Podemos convertir la religión en una forma de superioridad. Podemos pensar que nosotros somos los de siempre, los fieles, los que hemos cumplido, mientras otros son los que llegaron tarde, los que se equivocaron, los que estuvieron lejos, los que no hicieron las cosas bien.
Y entonces el problema es que nos molesta que Dios lo siga amando.
La pregunta del propietario adquiere entonces una enorme fuerza:«¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».Es una pregunta dirigida a los trabajadores de la primera hora, pero también a nosotros. ¿Nos alegramos cuando otro recibe una segunda oportunidad?¿Podemos aceptar que alguien que se equivocó encuentre el camino?¿Podemos reconocer que la misericordia de Dios no necesita nuestro permiso?
Quizá este sea uno de los lugares donde más se juega nuestra fe.Porque creer en Dios no consiste solamente en aceptar que Dios es bueno conmigo. Consiste también en aceptar que Dios es bueno con aquel a quien yo no habría tratado de la misma manera.
La viña del Evangelio es una llamada a abandonar la lógica de la comparación. No somos llamados a mirar cuánto recibe el otro y cuánto recibimos nosotros.Somos llamados a entrar en la viña. A trabajar.A servir.
Porque al final descubrimos que el denario que Dios entrega no es simplemente una recompensa por las horas trabajadas. Es signo de una vida recibida gratuitamente.
Por eso deberíamos pedirle al Señor que nunca nos consideremos demasiado pronto para juzgar a quien llega después.Que sepamos alegrarnos porque Dios llama, perdona, busca incluso al que se ha quedado en la plaza hasta última hora.
Al final, todos estamos en la misma situación, somos trabajadores de una viña que no nos pertenece y vivimos de un don que no hemos fabricado.
Por eso, Señor, enséñanos a no preguntarnos cuánto merece el otro.
Enséñanos a agradecer lo que nosotros hemos recibido. Y, sobre todo, enséñanos a tener un corazón suficientemente grande como para alegrarnos de que tu bondad llegue también a los últimos.
Porque quizá el verdadero milagro de esta parábola no sea que los últimos reciban lo mismo que los primeros, sino que los primeros aprendan finalmente a alegrarse con ellos.
Domingo, 13. Septiembre 2026 - 10:31 Hora
XXIV Domingo TO (Ciclo A)
1 L.- Dios rechaza expresamente el espíritu vengativo y se promete el perdón a los que saben perdonar. El hombre piadoso que reconoce su debilidad se acuerda de los mandamientos del Señor y no se enoja fácilmente contra su prójimo. La alianza con el Señor es el fundamento y la última motivación de esa conducta que debe observar Israel con los demás. Pues también el Señor perdona y es paciente con ese pueblo de dura cerviz.
2 L.-Pablo da unas orientaciones prácticas para que en la comunidad cristiana reine siempre el respeto mutuo y el amor. Los "fuertes" de espíritu más abierto y menos atados a las viejas tradiciones del judaísmo deben ser comprensivos para con los "débiles" que todavía guardan dichas tradiciones escrupulosamente; pero éstos, a su vez, no deben juzgar la conducta de los primeros.
Evangelio.- Pedro pregunta sobre los limites del perdón y Cristo ofrece una catequesis sobre la generosidad en el perdonar sin llevar cuentas.
Para llevar a la vida
Para la mentalidad arcaica, una ofensa merecía una venganza "setenta veces siete" mayor (Gn 4. 24). La ley del talión (Ex 21. 24) introdujo una medida de equilibrio y redujo la tarifa a la proporción de la falta. Sólo con posterioridad se descubre la noción del perdón. Y Pedro pregunta por los límites (la constante tentación de la ley) de este perdón. Para Jesús se ha de perdonar a los demás indefinidamente, porque todos hemos de tener conciencia de haber sido, nosotros mismos, perdonados sin medida por Dios: así proclamamos la Buena Nueva del perdón de Dios.
Dios que ama a un pueblo que no se lo merece ni por su grandeza cultural, ni por su poderío, ni por su fidelidad religiosa, ni por ningún otro valor. Es un Dios loco de amor por su pueblo. No existe otra razón. Y Jesús invita a actuar con esa misma disposición de gratuidad, amando a los enemigos o invitando a quien no nos puede invitar.
Comerciar con el amor y la relación humana "también lo hacen los publicanos y fariseos". (...) La seguridad del amor de Dios como gracia inmerecida e impagable aparta de nosotros todo escrúpulo legalista y potencia nuestra decisión de entrega más allá de cualquier norma establecida.
En una sociedad utilitarista competitiva y comercial la gratuidad resulta de difícil comprensión. El creyente se ve también afectado e incluso contagiado por este entorno que lo rodea. La búsqueda de influencias sociales, el cultivo interesado de las "relaciones públicas" el estar a bien con quien nos puede valer, el hacer favores para poderlos cobrar son tentaciones de cada día. Desde el utilitarismo habitual, preguntarse para qué me puede servir o perdonar a quien no me puede pagar en la misma moneda suele ser un interrogante que brota de forma espontánea.
La referencia a un Dios que se nos da como pura gracia, de manera gratuita, ha de servirnos no sólo para organizar evangélicamente nuestra actitud existencial y nuestro corazón, sino también para purificar las acciones de nuestra comunidad.
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