Miguel P. León Padilla
Participa en MUSICALITURGICA.COM en el Servicio Litúrgico, aportando cada semana una homilía para el Domingo correspondiente.
Sacerdote de la Diócesis de Segorbe-Castellón.
Sábado, 10. Octubre 2026 - 04:37 Hora
XXVIII Domingo TO (ciclo A)
1L.-El profeta Isaías anuncia que Dios preparará para todos los pueblos un banquete de manjares suculentos y vinos generosos. En ese monte santo destruirá la muerte para siempre, enjugará las lágrimas de todos los rostros y quitará el oprobio de su pueblo.
2L.- S.Pablo escribe a los filipenses que ha aprendido a vivir en la pobreza y en la abundancia, en la hartura y en el hambre, porque todo lo puede en aquel que lo fortalece.
Evangelio.-Jesús compara el Reino de los cielos con un rey que celebra la boda de su hijo. Todo está preparado y los invitados han sido convocados. Pero estos se niegan a acudir. Algunos se marchan a sus campos, otros a sus negocios y otros incluso maltratan y matan a los enviados del rey. La fiesta está preparada, pero quienes deberían participar en ella no quieren hacerlo
PARA LLEVAR A LA VIDA
La parábola plantea una pregunta que no podemos dirigir únicamente a los personajes del relato: ¿por qué podemos llegar a rechazar una invitación de Dios? Quizá porque estamos demasiado ocupados, porque hemos organizado nuestra vida alrededor de nuestras propias prioridades o porque pensamos que ya tenemos todo lo que necesitamos. No siempre rechazamos a Dios de manera explícita; con frecuencia lo hacemos de una forma más discreta, relegándolo a los márgenes de nuestra existencia. Seguimos con nuestras obligaciones, nuestros proyectos y nuestras preocupaciones, pero dejamos de preguntarnos qué lugar ocupa Dios en nuestra vida y qué espera de nosotros.
Aquí encontramos una de las afirmaciones más hondas del Evangelio, la gracia de Dios no queda encerrada en nuestros criterios de merecimiento. Dios llama también a quienes la sociedad considera insignificantes, a quienes han fracasado, a quienes arrastran heridas y a quienes creen que ya no tienen lugar. Su invitación no depende de que podamos presentar una vida impecable, sino de que estemos dispuestos a acogerla. La Iglesia, por tanto, no puede entenderse como un espacio reservado a los perfectos, sino como una comunidad convocada por la gracia, consciente de sus propias contradicciones y llamada a abrir las puertas a todos.
Podemos participar en la liturgia, conocer las enseñanzas de Jesús e incluso hablar de Dios con frecuencia, pero seguir alimentando el resentimiento, la indiferencia o el desprecio hacia quienes nos rodean. El Evangelio nos advierte contra esa separación entre la pertenencia religiosa y la conversión del corazón. La gracia es un don, pero no es una excusa para permanecer inmóviles. Dios nos recibe como somos, pero su amor nos llama a no conformarnos con aquello que nos deshumaniza y nos aleja de los demás.
Quizá hoy necesitamos preguntarnos qué nos está impidiendo acudir a esa mesa. Tal vez sean nuestras preocupaciones, una herida que no conseguimos superar, una fe reducida a costumbre o la resistencia a abandonar actitudes que sabemos injustas. También debemos preguntarnos si nuestras comunidades cristianas se parecen a la sala del banquete, si hay espacio para quienes llegan de los cruces de los caminos, para quienes dudan, para quienes sufren y para quienes buscan una nueva oportunidad.
La imagen del traje de boda nos obliga a reconocer que la gratuidad de Dios no elimina nuestra responsabilidad. Todos estamos invitados, pero la invitación exige una respuesta. No basta con encontrarse físicamente en la sala; es necesario aceptar que el encuentro con Dios transforme nuestra manera de vivir. En la tradición cristiana, el vestido puede entenderse como signo de una vida renovada, de una existencia revestida de justicia, misericordia y fidelidad. No se trata de aparentar una perfección exterior ni de presentar ante Dios una hoja de servicios intachable. Se trata de permitir que la fe se haga visible en nuestras decisiones, en la manera de tratar a los demás y en nuestra disposición a cambiar.
Aceptar la invitación al banquete no es esperar que todo salga según nuestros deseos, sino en aprender a vivir sin convertir el éxito, la seguridad material o el reconocimiento de los demás en las condiciones indispensables para ser felices. La fe no nos libra de las pruebas, pero puede enseñarnos a atravesarlas sin perder la esperanza. Y también nos recuerda que nadie debería afrontar solo su hambre, su enfermedad o su desamparo: la confianza en Dios debe traducirse en solidaridad concreta con quienes padecen necesidad.
La Eucaristía que celebramos es anticipo de ese banquete definitivo anunciado por Isaías, en el que Dios enjugará las lágrimas y destruirá la muerte. Cada vez que nos reunimos en torno al altar, recibimos el don de Cristo y renovamos nuestra vocación a vivir como hermanos. No tendría sentido acercarnos a la mesa del Señor mientras cerramos nuestras propias mesas a los demás, ni recibir el pan compartido si permanecemos indiferentes ante el hambre material o espiritual de nuestros hermanos..
Pidamos al Señor que no nos encuentre distraídos ante su llamada; que nos conceda la libertad de abandonar cuanto nos aparta de Él y la humildad de reconocer que necesitamos su gracia. Y que nos ayude a vestirnos cada día con la misericordia, la justicia y el amor, para que nuestra vida sea una respuesta verdadera a la invitación recibida.
Porque el banquete está preparado, la invitación sigue abierta y todavía resuena la voz del Señor: «Venid a la boda».
Que no rechacemos su llamada. Que acudamos con un corazón agradecido y que, después de sentarnos a su mesa, aprendamos a convertir nuestra propia vida en una mesa abierta para los demás.
Hermanos, la Palabra de este domingo nos sitúa ante una invitación y una responsabilidad.
Viernes, 2. Octubre 2026 - 11:16 Hora
XXVII Domingo TO (ciclo A)
1L.- Habla el profeta del amor de Dios a su pueblo. Como un obrero que dedica todos sus cuidados a su viña, y ésta no le da el fruto esperado: Es una simbolización de la historia, acusada de infidelidad. La acusación profética señala a Dios presente-oculto en la situación humana de violencia y lamento. Es una dramática llamada a la justicia, para que Dios se manifieste.
2 L.-San Pablo responde a una pregunta de la comunidad de Filipos, ¿había que incorporar lo bueno que hubiera en la moral pagana o, por el contrario, había que hacer tabla rasa de todo y crear por completo una nueva moral cristiana?
Evangelio. Los viñadores homicidas.
PARA LLEVAR A LA VIDA
Las lecturas de este domingo tienen como imagen común la viña. Isaías nos habla de una viña que Dios ha plantado y cuidado con todo su amor, pero que, en lugar de buenos frutos, produce uvas agrias. En el Evangelio, Jesús retoma esta misma imagen y nos presenta a unos labradores que olvidan que la viña no les pertenece. Se les ha confiado, pero terminan comportándose como propietarios.
La pregunta de Isaías expresa muy bien el dolor de Dios «¿Qué más podía hacer por mi viña que no hubiera hecho?». Dios ha hecho mucho por nosotros. Nos ha dado la vida, personas que nos quieren, capacidades, oportunidades y, para quienes creemos, el don de la fe. Pero todo don lleva consigo una responsabilidad. Dios espera frutos.
Por eso el Evangelio nos invita hoy a preguntarnos qué estamos haciendo con aquello que hemos recibido. Nuestra vida es una viña confiada a nuestras manos. También lo son nuestra familia, nuestras relaciones, nuestra comunidad, nuestro trabajo y las personas que encontramos cada día. No somos dueños absolutos; somos administradores. Y un administrador tiene que preguntarse si aquello que se le ha confiado está dando fruto.
San Pablo, en la segunda lectura, nos indica qué frutos espera Dios, lo verdadero, lo noble, lo justo, lo puro, lo amable, lo que merece reconocimiento. Pero no basta con pensarlo. Pablo exhorta «Ponedlo por obra». La fe tiene que hacerse vida. La bondad tiene que convertirse en gestos; el perdón, en decisiones; la esperanza, en una manera de afrontar las dificultades.
Y quizá alguno de nosotros pueda pensar que su viña no está dando los frutos que debería. El salmo nos ofrece entonces una oración sencilla: «Señor, restáuranos; que brille tu rostro y nos salve». No todo depende de nuestras fuerzas. También necesitamos pedir a Dios que vuelva a visitar nuestra vida, que sane lo que está herido y haga fecundo aquello que nosotros hemos dejado secar.
El Evangelio termina con una llamada a la esperanza «La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular». Jesús habla de sí mismo. Será rechazado y llevado a la cruz, pero Dios hará de esa piedra aparentemente descartada el fundamento de una vida nueva.
Por eso, la pregunta de este domingo no es solamente qué hemos hecho con nuestra vida hasta ahora. La pregunta es ¿qué fruto puedo dar a partir de hoy? Quizá podamos reconciliarnos con alguien, recuperar la oración, acompañar a una persona que está sola, perdonar una ofensa o poner nuestros dones al servicio de los demás.
Pidamos al Señor que visite nuestra viña, que nos enseñe a cuidar lo que nos ha confiado y que encuentre en nosotros frutos de fe, de justicia, de misericordia y de amor. Porque la viña es suya, y nosotros hemos recibido la responsabilidad de hacerla fructificar.