Usted está aquí: Inicio

Miguel P. León Padilla

Participa en MUSICALITURGICA.COM en el Servicio Litúrgico, aportando cada semana una homilía para el Domingo correspondiente.
Sacerdote de la Diócesis de Segorbe-Castellón.

Domingo, 21. Enero 2018 - 10:57 Hora
III Domingo TO (Ciclo B)

1ªL.- El profeta recibe encargo de llevar un ultimátum de conversión a una ciudad pervertida. Para sorpresa suya, Nínive se convierte, y Dios lo perdona. Es una revelación de su misericordia sin fronteras, y de que el pueblo de Dios está en el seno de la humanidad perdida
2ªL.- Pablo no pretende que vivamos en el mundo con indiferencia, sino que pongamos el reinado de Dios sobre todas las cosas. Los cristianos hemos de ser hombres comprometidos en las preocupaciones de este mundo, pero sin hacer de ellas un absoluto.
Ev.- Jesús anuncia que ha llegado el momento decisivo; el reinado de Dios ha comenzado ya.
PARA LLEVARLO A LA VIDA
La Palabra de Dios proclamada llama a penitencia. A renovar la mente y el corazón, a superar la estrecha mentalidad de este mundo materialista y redescubrir la vocación a la que hemos sido llamados para entrar en el Reino de Dios.
La Palabra de Dios no nos pide a todos que dejemos las redes, nuestra ocupación. Nos invita a salir de nuestra estrechez de miras para descubrir horizontes más amplios, descubrir al prójimo y la esperanza del Reino de Dios.
El que ha descubierto la urgencia y la importancia del Evangelio y se ha convertido al reinado de Dios no puede instalarse ya en este mundo. No puede llorar como si no hubiera consuelo para sus lágrimas, no puede reír como si ya hubiera hallado la felicidad completa, no puede trabajar o negociar como si esto fuera su verdadera vocación y destino... Si llora, si ríe, si negocia... debe hacerlo mirando al cielo, como si no lo hiciera, "porque la presentación de este mundo se termina". JC pone medida al mundo y a cuanto hacemos en él, así, nos libera de todos los falsos absolutos. El cristiano ha de vivir en este mundo y ocuparse de este mundo, pero con esperanza.
La proclamación del reinado de Dios pone al hombre en responsabilidad, le sitúa ante una decisión; el que quiera entrar en este reinado ha de cambiar la mente y el corazón, ha de escuchar a Jesucristo, creer lo que él anuncia y vivir conforme al estilo del maestro. Esto es hacer penitencia. Esto es lo primero que Jesús pide al hombre.
Lo segundo que nos pide es que mantengamos viva la ilusión por Dios, que no dejemos de ver el Reino de Dios como buena noticia: "creed la buena noticia".
Lo tercero que pide es la creación de una comunidad de discípulos; pide que la vida de Dios sea vivida en fraternidad con los demás. La conversión se materializa en la integración en comunidades cristianas que comparten y celebran la fe.
La llamada de Jesús es urgente y exige una respuesta sin componendas, un seguimiento sin condiciones. Cada bautizado somos llamado a seguir a Jesús, y a ser su apóstol para el bien de todos los hombres y las mujeres que Él ha querido salvar ¿Encontrará respuesta en ti?

Jueves, 18. Enero 2018 - 17:27 Hora
Homilia de San Antonio abad

San Antonio (nombre que significa "floreciente" fue un hombre del S.III que nos es conocido con distintos apelativos:
San Antonio de Egipto, pues allí nació, el año 251.
San Antonio del Desierto, pues al desierto se retiró para seguir a Cristo.
San Antonio el Grande, por el inmenso influjo de su ascética, por su caridad en atender al prójimo, por su enorme fortaleza frente a las tentaciones del demonio.
San Antonio Abad. (Abad significa padre), padre de monjes. Si San Pacomio había iniciado el movimiento de agrupar a los solitarios anacoretas en monasterios de vida común. San Antonio será quien consolide el cenobitismo y lo articule.
San Antonio es representado como un anciano abad con barba (la experiencia), viste un sayal con capucha (monje). Sus atributos son el báculo (abad), la cruz bordada en el hábito (ascetica); el libro (la regla de vida), la esquila (la advertencia) y el cerdo (la caridad). Todo ello de gran simbolismo biografico.
Antonio es un caso ejemplar de tomar la palabra de Dios en serio.
-Señala que los peores enemigos del hombre no son los externos. Aún en la soledad más absoluta el hombre lleva consigo su naturaleza caída, siempre propensa al egoísmo, al orgullo, a la dureza de corazón…
-Advierte que si el hombre quiere verse libre de sus flaquezas y encontrar a Dios en la paz, ha de vigilar y mortificarse constantemente. Pues el demonio no pierde el tiempo y se encarga de afligirnos con sus tentaciones (presunción, soberbia, desánimo, falta de fe y confianza).
-Recuerda que la vida cristiana es, esencialmente, lucha contra el mal, persecución y rechazo, negación de uno mismo; por eso siempre ha de estar marcada con el signo de la cruz. Y él la abrazó con amor y entrega.
-Persuade de que meditar sobre la muerte y el destino último del hombre, concede al alma fuerzas para luchar contra el demonio, contra las pasiones desordenadas, contra la impureza.
El anciano abad enseñaba, por propia experiencia, que el demonio sólo tiene miedo a los ayunos, las vigilias y oraciones de los ascetas... Y que la mejor actitud ante las insidias del maligno son: el amor a Jesucristo, la paz del corazón, la humildad, el desprecio de las riquezas, el amor a los pobres...
A sus virtudes cristianas, Dios quiso añadir grandes milagros, Y cuando los beneficiados por ellos se le mostraban agradecidos, replicaba: No es a mí a quien hay que dar las gracias, sino sólo a Dios... Realizó curaciones de enfermos, manifestó conocimiento de cosas secretas, predijo acontecimientos futuros o que ocurrían lejos de él, logró sólo con su súplica la aparición de fuentes de agua en pleno desierto... Todo contribuyó a que su fama se propagara por todo Egipto.

Soledad, caridad, las dos mayores lecciones de San Antonio, oración y apostolado.
Cargado de méritos, famoso por sus milagros y acompañado del cariño de las multitudes, subió al cielo el 17 de enero del año 356.
La verdadera devoción que hemos de manifestarle es aprovechar sus lecciones y querer imitarle en sus virtudes.

Vieja contribución

Iniciar sesión