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Miguel P. León Padilla

Participa en MUSICALITURGICA.COM en el Servicio Litúrgico, aportando cada semana una homilía para el Domingo correspondiente.
Sacerdote de la Diócesis de Segorbe-Castellón.

Domingo, 18. Noviembre 2018 - 11:26 Hora
XXXIII Domingo TO (ciclo B)

1ªL.- La visión apocalíptica intenta consolar con la perspectiva del juicio al humilde pueblo de Dios en su humillación y opresión. Vaticina que al mundo de injusticia le sucederá un orden nuevo, en que los pobres del Señor tendran vida en plenitud.
2ªL.- Se confronta la inefectividad del sacerdocio antiguo y el efectivo sacerdocio de Cristo, que, de una vez por todas, ha santificado a los cristianos. Con el perdón pleno y definitivo de todos los pecados por el sacrificio de Jesús, todo otro a sacrificio es superfluo.
Ev.- Cristo manifiesta que todo lo que hay de catastrófico en el mundo tiene un sentido positivo y esperanzador: el alumbramiento de un mundo nuevo y de una nueva creación.
PARA LLEVARLO A LA VIDA
¿Que significa este evangelio, qué es lo que quiere decirnos?

Como evangelio que es: es buena noticia, trata de levantar la esperanza y no meternos miedo. Viene a decirnos que después de las adversidades de la vida y la historia el Señor vendrá para crear una realidad nueva. El tiempo avanza hacia la salvacion. Por tanto, no estamos atrapados ni uncidos a la noria del eterno retorno. Hay esperanza.

El "Día del Señor" no es propiamente el último día del tiempo, sino el día que pone medida a los desmanes de la humanidad.

Saber que el mundo tiene fin significa reconocer que el mundo no es Dios, y que todo lo que se endiosa cae como las estrellas del cielo. Significa desenmascarar las ideologías, derribar los ídolos, liberarse de toda dominación, sobreponerse a las tribulaciones, desatar una esperanza, abrirse a Dios.

Cuando Jesús venga, el mundo llegará a su fin, no a su aniquilamiento. El que ha de venir ya está viniendo cuando el hombre está abierto a Dios y se deja invadir por el que es la gracia, la plenitud y el colmo de todas las cosas.Jesús viene ya al mundo cuando los que creemos en él limitamos nuestro egoísmo, y nos dejamos llevar por el amor de Dios. Jesús viene cuando superamos los prejuicios individuales o de grupo y nos abrimos a la universalidad. Jesús viene cuando la esperanza que brota de la fe, nos alienta y vence nuestro pesimismo. Porque entonces rompemos los esquemas y las formas de este mundo que pasa y no nos liberamos de lo precario y caduco de esta realidad.

Sábado, 10. Noviembre 2018 - 18:36 Hora
XXXII Domingo TO (Ciclo B)

1ªL.- El poder que encierra la palabra del profeta tiene valor en cuanto signo de la fuerza creadora de Dios. La viuda de Sarepta evidencia que el pobre no se aferra ni se reduce a lo que tiene. Vive más en la esperanza de lo que enriquece a la larga, que en lo que remedia la carencia del instante. Quien no hace de lo poseído el bien último, sino de lo esperado, tiene ya lo que espera.
2ªL.- Por Cristo, que es nuestro mediador, tenemos abierto el acceso al Padre. Con imágenes tomadas del culto, el autor sagrado expresa que por medio de Jesucristo, Dios se reconcilia con los hombres y se acerca y nos hace hijos en él.
Ev.- Jesús denuncia a letrados y fariseos, como exploradores que haciendo ostentación de su saber y piedad deslumbran a los incautos.
Acabada su enseñanza, contempla la "sala del tesoro", donde se recogían las limosnas para el culto y se conmueve al ver a una pobre viuda que sólo echa dos reales (la moneda más pequeña).
PARA LLEVARLO A LA VIDA
Los ejemplos de la viuda que dio todo lo que tenía, un poco de harina, para el profeta Elías, y el de aquélla que echaba en el cepillo del templo sus dos últimos reales, nos estimulan a considerar nuestra generosidad con Dios.
Jesús no alaba a la viuda porque dé, también los ricos dan y más que ella. El la alaba porque da todo lo que tiene, y critica a los ricos porque dan sólo lo que les sobra. El que da todo lo que tiene, da su propia vida. Así es la ofrenda de los pobres.
Como Cristo que siendo Dios se hizo pobre para enriquecernos y a diferencia de los sacerdotes del Antiguo Testamento, que ofrecían "sangre ajena", Cristo se ofrece a sí mismo, de una sola vez, de una vez por todas. Su sacrificio es perfecto, es el verdadero sacrificio.
Para los cristianos ofrecer ese sacrificio es ofrecerse a Dios como se ofreció Cristo, es dar la vida para ganarla, es entregarse totalmente a Dios, nuestro Padre, para recibir la verdadera vida. Sólo incorporándonos a Cristo y a su causa podemos ofrecer a Dios el sacrificio agradable.
Cuando un hombre se ofrece enteramente a Dios, a sí mismo y no otra cosa, se ofrece a la voluntad de Dios. Y Dios no quiere sacrificios de "sangre ajena"..., sino misericordia y justicia.
Ante Dios cuenta más la calidad que la cantidad, y ante su mirada uno es lo que entrega no lo que representa o tiene, El espera que participemos de la generosidad de Cristo, que se entregó total y gratuitamente en servicio de todos.
El verdadero culto a Dios, el culto en espíritu y en verdad, es inseparable de la generosidad en la entrega, de darlo todo por amor y servir a los hermanos
Preguntémonos como es nuestra limosna ¿Somos capaces de darnos en lugar de dar de lo superfluo?
¿Compartimos de verdad nuestros bienes con quien los necesita? O andamos haciendo cálculos previsores y reservándonos para nuestros intereses...

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