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Miguel P. León Padilla

Participa en MUSICALITURGICA.COM en el Servicio Litúrgico, aportando cada semana una homilía para el Domingo correspondiente.
Sacerdote de la Diócesis de Segorbe-Castellón.

Lunes, 23. Marzo 2020 - 23:40 Hora
V Domingo de Cuaresma (ciclo A)

1L.- Ezequiel relata al pueblo en el destierro, la visión de unos huesos secos que reviven. Es un pueblo muerto y sin destino lejos de la tierra de promisión y de la relación con Dios que daba sentido a su historia. En su desconsuelo se hace presente la promesa de Dios: él apartará la losa de su tumba para que el pueblo se levante vitalizado por el Espíritu del Señor. Se insinúa ya la formación de un pueblo totalmente nuevo, unido por el Espíritu de Dios
2L.- La vida del nuevo pueblo de Dios es vida en el Espíritu. Existir "en el espíritu" es vivir motivado por el Espíritu de Jesús y aceptar gozosamente sus horizontes y su resurrección plenificante.
Ev.- El relato de la resurrección de Lázaro, es símbolo de la destrucción de la fatalidad. El hombre no es ya un ser para la muerte. Jesús: es la resurrección y la vida.
PARA LLEVAR A LA VIDA
A nosotros nos ocurre como a Marta, creemos que Jesús puede curar a los enfermos, que Dios escucha siempre su oración; pero no acabamos de entender que, reconocerle como señor de la vida, implica vivir ya como resucitados.
Ella sabe que con su presencia puede sanar, por eso se lamenta de que llegue después de haber enterrado a su hermano. Jesús le dice que él es "la resurrección y la vida"; que tiene poder para resucitar y dar la vida a cuantos crean en él. Pero no puede comprender todo lo que escucha.Cristo convierte en realidad la metáfora del profeta Ezequiel. Pasó por la vida abriendo sepulcros y resucitando muertos. El es la Resurrección. Vida y Muerte se enfrentan en el sepulcro de Lázaro. Jesús es el que llora por un amigo y es el "Yo soy", el tiene y da el ser, el que llama todo a la existencia.
La resurrección de Lázaro muestra que la fe es la posesión de la vida eterna ya, ahora. Los que creen en Jesús poseen un don que no puede arrebatarle la muerte corporal.
No es necesario esperar hasta el "último día" para la posesión de la vida eterna. Este milagro es la señal más portentosa de lo que Jesús es para todos los que creen en él. La fe en la resurrección no es la creencia en una vida como ésta, prolongada indefinidamente. Ni es sólo una fe en "otra vida", como si no tuviera que ver con este mundo. Es fe en la plenitud de la vida, distinta a todo lo que la muerte lleva consigo. Es una fe activa contra lo que se opone a la vida y a la abundancia de la vida. Es una fe empeñada en la transformación de esta tierra para que en ella se manifieste la gloria de Dios.
Jesús, dando gracias, pide al Padre para que todos cuantos contemplen el milagro crean que él es su enviado y tengan vida creyendo. Pero no todos los que vieron creyeron. Algunos de los testigos fueron a contar lo sucedido a los fariseos, los enemigos de Jesús. Y éstos decidieron acabar con él. La incredulidad no le detuvo ni ha de hacer con nosotros.
¿Quieres ser amigo de Jesús, aquel que abre los sepulcros y da la vida? Pues sólo te pide una cosa: creer.

Domingo, 22. Marzo 2020 - 08:20 Hora
IV Domingo de Cuaresma (ciclo A)

1L.-Samuel es enviado a ungir al que debe ser el nuevo rey. El Señor no se fija en las apariencias, sino en el fondo del corazón. Su mirar siempre ve más allá. La unción divina consagra a la persona para una misión y le confiere la fuerza para llevarla a cabo. Con nosotros lo hizo en el bautismo.
2L.-Pablo se dirige a los cristianos de Efeso que proceden del mundo pagano. Ellos han encontrado en Cristo "la luz del mundo" y hora tienen el deber de iluminar a los que permanecen en las tinieblas. Estamos llamados a iluminar con el bien.
Ev-.- El relato de la curación del ciego de nacimiento nos alecciona en el camino de una fe que pone mirada sobrenatural sobre los acontecimientos.
PARA LLEVAR A LA VIDA
Creemos ver bien, pero somos ciegos para ver los acontecimientos; es la peor ceguera; no querer saber que estamos ciegos y ¡Qué difícil es que vean los que no quieren ver, los que presumen de ver, los que no saben dudar ni preguntar...!
Somos como aquel ciego de nacimiento. Sólo por el oído reconoce a las personas. Sólo por el tacto conoce las cosas. Nuestro conocimiento es siempre tan limitado y superficial... vamos a palpas pero, cuánto sabemos!
Reparemos en que no es el ciego el que pide la luz. Es la luz la que se ofrece al ciego. La luz la que se acerca a las tinieblas. Cristo quiere nuestra colaboración para curarnos; por eso no cura al ciego: sin invitarlo a reconocer su ceguera; y recuerde al símbolo del barro-; no lo cura sin que antes no escuche y acepte la palabra; sin que se muestre dócil y haga lo que se le pide, s no se deja conducir; si no se lava en la piscina del Enviado.
«Le untó en los ojos con barro». Extraña terapia: embarra los ojos; al que está en la oscuridad. Nos sitúa ante nuestros pecados. Procede así para curar nuestra ceguera, permite el culmen de la crisis para despertar la conciencia autosatisfecha: el dolor en el enfermo, el fracaso al humillado, la oscuridad en el problematizado.
Sólo cuando se toca fondo, sólo cuando descubrimos nuestra impotencia y la soberbia es vencida por la dureza de la realidad... Sólo entonces, Dios obra la sanación y lo hace de manera progresiva.
Necesitamos que el Señor cure diariamente nuestros ojos, nuestra mirada para poderle ver bien, para saber ver como Jesús. Ver las cosas, los hechos y las personas como Jesús los ve, desde la comprensión que disculpa, desde la profundidad que comprende y desde el amor que procura el bien. ¡Ver con los ojos del corazón de Jesús! Esa es la auténtica curación.
Curados para curar, ver la luz para para poder acercarla a otros. Ser participes de la luz aunque sea una luz pequeñita y participada, como nos recordaba San Pablo: "Ahora sois luz en el Señor".
Pidamos en nuestro camino de la fe: ver como Jesús, para poder ser luz en la oscuridad de un mundo ensombrecido por haber olvidado a Dios.

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