Miguel P. León Padilla
Participa en MUSICALITURGICA.COM en el Servicio Litúrgico, aportando cada semana una homilía para el Domingo correspondiente.
Sacerdote de la Diócesis de Segorbe-Castellón.
Martes, 1. Septiembre 2026 - 19:29 Hora
XXIII Domingo del TO (ciclo A)
1L. -En el diálogo con Dios, aprende el verdadero profeta cuál es su misión. Luego puede expresarla por la imagen del vigía, atento sobre las murallas al peligro que acecha a la ciudad. Ceñido a la escucha de la palabra infinita, cumple su cometido traduciendo y trasmitiendo la llamada de Dios. Su salvación está en ser fiel mensajero del Dios que busca salvar. Pero él no salva a sus destinatarios. Con el impulso de la llamada, cada uno debe tomar el camino de la vida por sí mismo.
2L.-Cristo es el deber cumplido, el amor consumado. Él es el único que no debe nada a nadie ni siquiera en el amor.Todos los demás estamos en deuda respecto a los otros hombres y en camino hacia la plenitud de Cristo que nos encabeza.Si todos los mandamientos de la ley han sido dados para no dañar al prójimo, el que ama a su prójimo cumple todos los mandamientos. De ahí que el amor sea la plenitud de la ley
Evangelio.- La corrección fraterna. La comunidad cristiana, reunida en Asamblea, es cuerpo de Cristo que ata y desata. Al celebrar la Eucaristía, se cumple por antonomasia la palabra del Señor: Yo estoy en medio de dos o tres que se reúnan en mi nombre.
PARA LLEVAR A LA VIDA
Hay una historia muy sencilla que puede ayudarnos a entrar en el Evangelio de hoy. Un hombre caminaba por el bosque y encontró a otro serrando un árbol. Estaba agotado.Y le preguntó:—¿Qué haces ¿por qué no afilas la sierra? Y el hombre contestó:—¡Porque no tengo tiempo! ¡Estoy demasiado ocupado serrando!
Algo parecido nos puede pasar a nosotros. Estamos tan ocupados corrigiendo a los demás, juzgando a los demás, explicando lo que los demás hacen mal... que quizá no encontramos tiempo para mirar nuestra propia sierra. Jesús nos habla precisamente de eso.
Dice «Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo a solas».
Fijaos en la primera palabra: «Ve». No dice: «Cuéntaselo a los demás».No dice: «Coméntalo con tus amigos».No dice: «Ponlo a caldo».bDice:«Ve a él». ¡Qué difícil es esto! Porque cuando alguien nos hace daño, muchas veces hacemos justamente lo contrario. Primero se lo contamos a uno. Después a otro. Y, cuando queremos darnos cuenta, ya lo sabe medio pueblo.
Y lo curioso es que cada vez que contamos la historia... la historia mejora.
Al principio: «Me dijo una cosa que no me gustó».
Después: «Me habló fatal».
Y finalmente: «Me insultó delante de todo el mundo». ¡Y probablemente nunca dijo exactamente eso!
Jesús propone otro camino: habla con la persona. Pero hay algo todavía más importante. Jesús no dice que vayamos a hablar con ella para demostrar que tenemos razón. Dice:«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano». No dice:«Habrás ganado la discusión». Dice:«Habrás ganado a tu hermano».
Ahí está la diferencia.
La corrección cristiana no busca derrotar al otro.Busca recuperarlo. Y eso cambia completamente nuestra manera de hablar.
Porque podemos decir una verdad con amor...o podemos utilizar una verdad como un arma. Podemos corregir para ayudar...o corregir para quedar por encima.Podemos decir:«Te lo digo por tu bien».
Pero en el fondo estar pensando: «Y ahora vas a reconocer que yo tenía razón». Eso no es corrección fraterna. Eso es una competición.Y en las competiciones siempre queremos ganar.
Jesús, en cambio, quiere que ganemos al hermano.
La primera lectura, tomada del profeta Ezequiel, utiliza una imagen preciosa: la del centinela. El centinela tiene que estar atento. Si ve venir el peligro, tiene que avisar. No puede decir: «A mí me da igual». Pero tampoco puede disfrutar del peligro que amenaza al otro. Su misión es proteger.
Y eso nos ayuda a entender qué significa la verdadera corrección. Hay momentos en que tenemos que decir una palabra. Una palabra difícil. Una palabra que quizá no guste. Pero tenemos que decirla con una pregunta dentro: «¿Esto que voy a decir ayudará realmente a esta persona?» Porque no todo lo que pensamos tenemos que decirlo. Y no todo lo que podemos decir debemos decirlo.
A veces necesitamos hablar. Y otras veces necesitamos callar. La sabiduría cristiana consiste también en saber distinguir una cosa de la otra. Y aquí aparece una de las mayores dificultades de la vida cristiana: aceptar que también nosotros necesitamos ser corregidos.
Porque es muy fácil ser centinela de los demás. Lo difícil es dejar que alguien sea centinela de nosotros. Que alguien nos diga:—«Creo que te has equivocado». Y responder:—«Puede ser. Déjame pensarlo». Eso requiere mucha humildad. Porque todos tenemos puntos ciegos. Todos.
Hay cosas de nosotros que los demás ven perfectamente y nosotros no vemos. Y quizá algunas personas que nos han querido mucho han intentado decírnoslas. El problema es que, a veces, escuchamos la corrección como un ataque. Y entonces levantamos inmediatamente las defensas.
«¿Yo? ¿Que yo he hecho eso?» «Pues tú más». «¿Y tú qué?»
Y acabamos hablando de todo menos de aquello que había que reconocer.
Por eso Jesús propone un camino concreto: primero a solas; después, si hace falta, con uno o dos; y solamente después, con la comunidad.Es un proceso que intenta proteger dos cosas: la verdad y la dignidad de la persona. No se trata de esconder el mal. Se trata de no destruir al que se ha equivocado. Y entonces comprendemos mejor las últimas palabras del Evangelio: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Jesús está hablando de la comunidad. Pero también está hablando de algo muy concreto: Cristo está presente cuando dos personas intentan reconciliarse. Está cuando alguien se atreve a dar el primer paso. Está cuando alguien dice:«Perdóname». Está cuando otro responde:«Te perdono». Está cuando dejamos de preguntarnos quién tiene la culpa y empezamos a preguntarnos: «¿Cómo podemos arreglar esto?»
Hoy el Evangelio nos deja tres preguntas.
-La primera: ¿Hay alguien con quien debería hablar, en lugar de seguir hablando de él?
-La segunda: Cuando corrijo a alguien, ¿busco su bien o busco tener razón?
-Y la tercera:¿Sé aceptar yo una corrección?
Porque quizá necesitamos volver al hombre del bosque. Está tan ocupado serrando que no tiene tiempo para afilar la sierra. Y nosotros podemos estar igual.Tan ocupados viendo los defectos de los demás que no tenemos tiempo para revisar los nuestros.Por eso quizá hoy nuestra oración podría ser muy sencilla:
«Señor, afila mi sierra».
Afila mi paciencia.
Afila mi manera de escuchar.
Afila mi lengua, para que no haga daño.
Afila mi memoria, para que no viva acumulando ofensas.
Afila mi humildad, para que pueda reconocer mis errores.
Y afila mi corazón, para que cuando tenga que corregir a alguien lo haga buscando su bien.
Porque al final Jesús no nos pide que seamos personas que nunca se equivocan.Nos pide algo más humilde y más hermoso: que aprendamos a ayudarnos unos a otros a volver al camino.Por eso, cuando tengamos un problema con alguien, recordemos aquella palabra de Jesús:
«Ve a él». No vayas contra él. No hables de él.Ve a él.
Míralo a los ojos. Habla.Escucha. Y busca recuperar al hermano.Porque quizá en ese encuentro, precisamente allí, se cumplan las palabras de Jesús:
«Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Amén.
Martes, 25. Agosto 2026 - 22:30 Hora
XXII DDomingo TO (ciclo A)
1L.-Las «confesiones» del profeta ponen al descubierto su agónica intimidad. Es un diario luchar con su misión y con la fuerza irresistible de una palabra que atormenta y que da vida. Parece que su implacable signo fuera destruir, y que su persona fuera la víctima primera. Pero en eso mismo se asienta la construcción del pueblo y del profeta.
2L.- S Pablo realiza una exhortacion a la comunidad de Roma con la intención de hacerles ver que vivir en cristiano no es lo mismo que vivir en pagano. La fe es vida, "un nuevo estilo de vida". Saber qué es lo que conviene hacer en orden al reino es el don que acompaña a toda vida cristiana. Es necesario para saber los pasos que uno tiene que ir dando para que su vida adquiera cada vez más un valor y un tono evangélico. Siempre teniendo en cuenta que el discernimiento cristiano en lo concreto de la vida.
Evangelio.- Pedro intenta disuadir a Jesús de cumplir la voluntad de Dios y no arrostrar su destino.
PARA LLEVAR A LA VIDA
Pedro, respondiendo a la pregunta de su Maestro, había confesado que el Hijo del Hombre es el Hijo de Dios, el Mesías prometido por los profetas. Y a partir de entonces, Jesús comenzó a explicar a sus discípulos cómo tenía que subir a Jerusalén para ser entregado a los senadores, a los sacerdotes y a los escribas, que le juzgarían y condenarían a la muerte, porque éstos eran los planes de Dios. Pero los discípulos no comprendieron nada, y Pedro tampoco. El piensa como el mundo, piensa como nosotros.
La invitación de s.Pablo "Transformaos por la renovación de la mente" constituye una interprelacion para que no ajustemos nuestra conducta a los criterios de este mundo y nos esforcemos en la transformación de la vida hasta aprender lo que realmente es bueno y agradable a Dios. Llama a penitencia, que es "metanoia", cambio de mentalidad".
No se trata de cambiar sólo las ideas o sustituirlas por otras, Es cambiar de raíz, como si volviera a nacer, a resucitar con Cristo y aspirando a las cosas de arriba y no a las de acá abajo. La mentalidad es el modo de pensar y no sólo lo que se piensa, es el espíritu y no sólo la letra, es la vida misma, el corazón, la persona. Este cambio de mentalidad nos hace comprender los pensamientos de Dios y sentir los sentimientos de Cristo. Nos da consistencia, nos sitúa en medio del mundo como cristianos, como verdaderos discípulos de Jesús.
"cargar con la cruz" tiene un sentido muy concreto. Es el momento en que comenzaba el camino de la ejecución, abandonaba la sala del tribunal para salir a la calle ante la multitud hostil que le abucheaba. Lo más terrible no es la ejecución al final del camino, sino el sentimiento de haber sido expulsado de la comunidad, de hallarse sin defensa y de ser el objeto del desprecio general. De aquí se deduce que el comprometerse a seguir a Jesús significa arriesgarse a un tipo de vida tal que es tan difícil como el último camino del condenado a muerte. El seguimiento de Cristo comprende implica la disposición para soportar la incomprensión y el rechazo. Palabras duras, cuyas aristas no podrán ser limadas por nuestra mediocridad.
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
La primera lectura, con la figura de Eliaquín y la entrega de las llaves, ilumina precisamente este Evangelio. El poder recibido no aparece como un privilegio personal, sino como un servicio confiado para cuidar y gobernar al pueblo. Pedro recibe las llaves, pero no para poseer la Iglesia sino para servirla. El centro es Cristo.
Por eso, la pregunta de Jesús sigue siendo profundamente actual: «¿Quién decís que soy yo?». Podemos responder con palabras aprendidas desde niños, la verdadera respuesta se da con la vida. Decir que Jesús es el Mesías significa confiar en él, seguirlo y dejar que su Evangelio transforme nuestra manera de vivir.
Que hoy podamos renovar nuestra respuesta para que la fe nos convierta, como a Pedro, en servidores de los demás.