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Homilías de Javier Leoz



Lunes, 8. Agosto 2022 - 11:30 Hora
DOMINGO 19 DEL T. ORDINARIO Y ASUNCIO DE MARIA

¿QUÉ VIENE EL SEÑOR?

Dios vino, viene y vendrá. El hombre espera, acoge y vigila. Pero, en paralelo a estas dos corrientes (Dios viene y el hombre espera), avanza otra más desde que, algunos hombres, decidieron apagar el faro de una vigilancia real y activa. Otros, en cambio, aún con limitaciones seguimos esperando, acogiendo y espabilados para que las costas de nuestras almas y de nuestros corazones, no se vean impregnadas por la contaminación de las últimas ideas de turno invitando a la deserción, al descrédito de la iglesia (aunque tenga cosas negativas). etc.
1.- Viene el Señor. De muchas maneras y en muchas circunstancias. Otra cosa es que (ajenos a la vigilancia) estemos tan distraídos que no sepamos mirar en la dirección por donde Dios sopla, viene y habla. En este domingo mi pensamiento se va a la orilla de cualquier costa sembrada por los legendarios faros. Siempre encendidos y con su importante cometido: vigilando para que los barcos lleguen a buen puerto. La vigilancia cristiana puede estar perfectamente representada por ese faro que espera a que su Señor llegue en cualquier momento. ¿Por qué? Para que, si el Señor se acerca, no encuentre obstáculos para entrar en la vida de los que creemos en El. Para que, si el Señor se decide presentarse definitivamente, nos encuentre oteando el horizonte con los prismáticos de la oración, de la escucha y meditación de su Palabra, de la riqueza de corazón, intentando cumplir su voluntad y comprometidos en el mundo con los esquemas de su reino.
2.- Existe una vieja leyenda en mi parroquia sobre un escultor de un Cristo penitente del siglo XVII. Había tallado y finalizado su obra cuando, de una forma imprevisible, la imagen le habl￳: “¿d￳nde me has visto que tan bien me has tallado? El artista le contest￳: “en mi coraz￳n Se￱or”. En el corazón es donde hemos de guardar un lugar privilegiado para que Dios siga hablando y nos siga diciendo algo. Es donde valoramos profundamente la verdad de las cosas y la esterilidad de lo aparentemente bonito. Es donde orientamos la veleta de nuestra existencia y donde se disparan también las luces de alarma cuando nos alejamos del Señor. Es donde nos vamos haciendo idea de un Dios que, lejos de amenazar, nos dice que viene y que por lo tanto hemos de estar vigilantes.
3.- Puede ser que el momento coyuntural que estamos viviendo nos invite y nos empuje a soplar e ir apagando esos destellos de vigilancia, que pueden ser:
-La Eucaristía para esperar bien alimentados -La comunión con la iglesia, para esperar bien sintonizados con Dios
-La escucha de la Palabra, para esperar distinguiendo lo bueno de lo malo -Las buenas obras, para esperar con el testimonio de la fe Puede ser que el mundo se empeñe en pontificar que es de día cuando, en realidad, bastantes almas y bastantes contemporáneos nuestros viven en una interminable e insoportable noche. Frente a ello seguiremos subiendo hasta la azotea de nuestra vida para encaminarnos con fe y con esperanza hacia el futuro. --Necesitamos despertar de tanta pesadilla que nos amordaza y nos mantiene presos del pasado. --Necesitamos ser “guardas jurados” de nuestra vida cristiana para que, cuando el Señor arribe, nos encuentre creyendo, amando, cantando y pregonando sus alabanzas. Ojalá que, cuando el Señor venga, no pase de largo al ver las luces de nuestros corazones apagadas
4.- ¿TE CONOCEMOS, SEÑOR? Hijo del pobre José, pero rico y expresivo en tu lenguaje Hijo de la sencilla María, y complicado en tu vida Hermano de tus hermanos, y defensor de la verdad sin distinción
¿Te conocemos, Señor? Decimos quererte, y no entramos en Ti Decimos amarte, y no vivimos con el impulso de tu amor Decimos alabarte, y lo hacemos despegando los labios pero, tal vez, sin abrir el corazón.
Decimos honrarte, y olvidamos que en el obrar, es donde te damos gloria y comprometida alabanza. ¿Te conocemos, Señor? ¿Sentimos al que te envió? ¿Acogemos al que te hizo nacer pobre y niño en Belén? ¿Obedecemos al que te hizo obedecer subiendo a la cruz? ¡Creemos, Señor, pero aumenta nuestra fe! Fe para verte como Hijo de Dios Fe para recibirte como el enviado del Padre Fe para dejarte compartir nuestra existencia Fe para transformarnos con el pan de la vida Fe para llenarnos de felicidad con el pan de la Eucaristía Amén.

La Asunción de la Santísima Virgen María

¡Bendita Tú, María, porque por se fiel a Dios, eres elevada en cuerpo y alma hasta el mismo cielo!

1.- Así, hermanos, con emoción contenida hemos de expresar uno de los Misterios que desde hace siglos, el pueblo cristiano, ha vivido con sencillez y con convencimiento: María está donde tiene que estar: junto a Dios.

Su destino, la gloria del cielo, será el nuestro. Pasó haciendo el bien. Abrió sus entrañas para que Dios pusiera su morada en Ella. Cumplió la voluntad del Padre en todo y por donde sus pies pisaron. Su orgullo, su fortaleza, su locura y su encanto fue precisamente eso: volcarse en los planes que Dios había preparado y entretejido desde antiguo. ¡Bendita Tú, María, encontraste gracia ante Dios y, hoy, ese mismo Dios te llama a su presencia!

2.- Hoy, María, goza en la presencia del Padre. Se queda embelesada al contemplar la hermosura divina. ¿Qué sentirá María? ¿Qué dirá María? ¡Por fin se cumple uno de mis últimos sueños! ¡Recibí, vi y sentí al Dios humanado en la tierra y, ahora, me toca disfrutarlo y contemplarlo eternamente como Padre en el cielo!

Con esta fiesta, la Iglesia, nos invita a mirar una vez más hacia el cielo. Nuestro combate. Cada detalle realizado por Dios y en nombre de Dios, no quedará sin recompensa en la vida eterna. Y, un buen ejemplo, la Asunción de María. Hoy, las puertas de la Nueva Ciudad, se abren de par en par. A través de ellas entra la mujer que, siendo sencilla y pobre, amable y obediente, fuerte y solícita, logró enamorar al mismo Dios. ¿Cómo iba a permitir, ese mismo Dios, que tan beldad bajase para siempre al sepulcro? Pues, por esas mismas puertas, entraremos también todos aquellos que, con la ayuda del Espíritu Santo, respondamos con generosidad y con la misma valentía que María lo hizo hacia Dios. ¿Seremos capaces?

3.- La Solemnidad de la Asunción es como el escaparate al que un niño mira con atención porque, en su interior, se encuentran numerosos regalos. Y, el “pórtate bien” sabe lo qué significa: alguno de esos numerosos obsequios.

Así es la fiesta de la Asunción. Es un adelanto, una indicación que la misma Madre nos deja a nosotros sus hijos para que no nos alejemos del camino de la fe. Para que cumplamos, con tesón y con ilusión, aquello que más agrada al Señor. La Asunción de la Virgen nos invita a mirar, a pueblos, ciudades, iglesias y catedrales, ermitas y religiosos, sacerdotes y laicos, consagrados y a todo hombre y mujer de bien hacia lo más alto: el cielo.

--No podemos desperdiciar nuestro tiempo. María nos aguarda junto a Dios.

--No podemos romper nuestra alianza con el Señor. María nos ayuda a ser fieles

--No podemos apartarnos del camino verdadero. María es estrella que ilumina los pesares y las dudas

--No podemos consentir, que nada ni nadie, distraiga nuestra atención. María nos recuerda, con su triunfo, que sólo Dios permanece y que lo demás se extingue con las luces de nuestro último día.

Feliz Asunción, María

Feliz encuentro con el Padre, María

Feliz nuevo abrazo con el Hijo, María

Feliz visión del Espíritu Santo, María

Feliz re-encuentro con San José tu esposo, María

Que tengas una estancia, dichosa y eterna, junto a Dios en el cielo, María.

4.- ¡DISFRUTA, MARIA!

¡Vete! ¡Corre María!

La gloria de Dios te espera.

Cesan las palabras, el llanto, las pruebas,

las incomprensiones, la soledad.

Se acabaron los misterios

porque, allá en el alto cielo,

el Hijo que hizo tanto por el hombre

sonriente y gozoso te espera.



¡Sube! ¡Sube a lo más alto Virgen Santa!

Y, detrás de ti, deja huella de tu ascenso

porque, también los que te queremos,

los que en Dios creemos y esperamos,

necesitamos encontrar tu mismo camino

para un día, cuando cerremos los ojos,

entrar en él y no perdernos.


¡Disfruta! ¡Canta María!

Porque, bien lo sabes,

tu triunfo es corona que Dios

pone en tus divinas sienes.

Porque, Aquel que te eligió,

te quiere junto a El, te desea con El

no te quiere encerrada y fría en un sepulcro.



¡Dichosa Tú, María!

Encontraste gracia ante Dios

y, en la fiesta de tu Asunción,

el Padre y la Madre se encuentran de nuevo

La Madre y el Hijo se abrazan de nuevo

La Virgen que acogió al Espíritu Santo

gozan en la presencia de la Trinidad

¿Se puede gozar más, oh Madre Inmaculada?



¡Vete! ¡Descansa y guíanos oh Madre!

Para que ahora, nosotros, tus hijos

sigamos imitando de Ti,

lo que más agradó a Dios.

Para que ahora, nosotros, tus hijos

sintamos tu presencia y tu intercesión

¡Disfruta, oh Virgen, de mismo Dios!

Amén




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