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Homilías de Javier Leoz



Lunes, 14. Octubre 2019 - 10:32 Hora
DOMINGO XXIX DEL T. ORDINARIO /C

DE TÚ, A TÚ


Siempre que escuchamos este evangelio de San Lucas nos debiera de sacudir en lo más hondo de las entrañas esa pregunta, que al final de la parábola del juez injusto, te hace, me hace y nos hace Jesús: “Cuando venga el Hijo del hombre ¿encontrará Fe sobre la tierra?
1.Hacemos gala de que Dios es grande y bueno. Que no hay límites en su corazón. Que, como buen Padre que es, nos concede a tiempo y a destiempo, aquello que necesitamos para vivir o seguir como hijos en el camino de la fe.
Pero ¿sabemos si la oración es grande en nosotros? ¿Si el motor de nuestra actividad humana y eclesial está sustentado en una relación de “ tú a tú” con Dios o si, por el contrario, ese compromiso del día a día, ha caído en un puro activismo dejando caer el peso y toda su fuerza en nuestras habilidades, carismas, carácter, temperamento y aptitudes?
2.La crisis que estamos padeciendo en nuestra iglesia y en nuestras parroquias, en nuestra vida de cristianos y en nuestros seminarios semivacíos, en nuestra felicidad y en nuestra forma de vivir se debe en gran parte a que nuestra oración es escasa, mediocre y débil. O, dicho de otra manera, que nuestra fe es débil, superficial y –como dice un viejo canto- “ a nuestra manera”.
Muchos cristianos no saben marcar ni cómo conectar con ese número de la oración. Otros, hace tiempo que lo dieron de baja en su agenda telefónica. A otros, nadie se ha preocupado de hacerles sentir y ver el valor de una relación íntima y personal con Dios para que llegasen a conocer aquella experiencia que Santa Teresa de Jesús nos retrataba; “oración no es otra cosa sino tratar de amistad con quien sabemos que nos ama”
3.El evangelio de hoy nos urge más que nunca, a ser como esa insistente mujer que ante el juez injusto exponía una y otra vez sus necesidades con el convencimiento de que tarde o temprano se saldría con la suya. ¿De qué manera?: desde la confianza, constancia, esperanza y creyendo que Dios, siempre justo, permanece al otro lado disfrutando y escuchando nuestra plegaria. Y, por supuesto, sin perder ni la profundidad de lo que celebramos ni la creatividad para transmitirlo.
4.Fe + Caridad= Misión. Ese es el lema del Domund que hoy estamos celebrando. Gracias a Dios, los misioneros –por miles entregados a su misión en diferentes continentes- siguen haciendo presente lo que nosotros, con más comodidad, vivimos en nuestras parroquias, comunidades, pueblos y ciudades.
Hoy, ante el Señor, no puede faltar nuestra oración –insistente y confiada- para que, una de la caras más bonitas de la Iglesia Católica (los misioneros) sigan contando con los medios suficientes, espirituales y materiales, en su labor evangelizadora. Las dos cosas llevan entre sus manos: fe (por el bautismo) y la caridad (fruto de su intimidad con Cristo) allá donde la Iglesia les envía.
Si Dios nos ha dado tanto ¡qué menos que en este día compartamos algo! Si Dios nos ha bendecido con una economía estable; ¡qué menos que pongamos, poco o mucho, como ayuda a nuestros misioneros! Hoy, porque queremos ser misioneros desde aquí y ahora, aportamos nuestra fe y nuestra caridad.
En el día del Domund, seguimos creyendo, apoyando y orgullosos de tantos hombres y mujeres que, creyendo en lo que predican, hacen y promueven, llevan el anuncio del Evangelio a tantos lugares de la tierra.
Que nuestra oración, junto con nuestro donativo, sea muestra de que seguimos siendo dichosos por creer.
Os dejo con esta oración


Dios, porque caigo a menudo en la impaciencia
dame fe para seguir esperando
lo que mis ojos quisieran ver antes que después.
Dios, si Tú quieres, confíame un poco de tu espíritu
para que, las fisuras que se abren a mi paso,
gocen de mi perdón y reconciliación con todos.
Ayúdame, oh Dios, a esperar aunque desespere
a mirar hacia lo alto, aunque me tiren de abajo
a comprender aún a riesgo de ser tenido por loco
a rezar, aunque me digan que soy un iluso.
Oh, Señor, regálame un poco de tu fuerza
porque, frecuentemente, me siento asaetado
empujado al abandono y a dejar de llamar a tu puerta.
Oh, Señor, si yo te pido algo que no me conviene
hazme ver que, no es que no me das,
sino que me das aquello que menos infeliz me puede hacer.
Hazme entender que no es bueno sembrar con tormenta
y que, al dejar el grano,
he de hacerlo con cariño, tiento y paciencia.
Oh, Señor, pon en mis labios palabras oportunas
para que, lejos de engañarte,
digan lo que mi corazón cobija y mi mente piensa
Para que, lejos de acercarme a Ti con rodeos
sea como el agua transparente
que se desliza rápidamente por los manantiales.
Oh, Señor, que sepa sentirte, amarte,
servirte, rezarte y alabarte
como tu nombre requiere y merece
Amén






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