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Homilías de Javier Leoz



Lunes, 25. Mayo 2020 - 18:11 Hora
DOMINGO DE PENTECOSTES /A

San Juan 20, 19-23: ¡Sin medio ni tregua! ¡Es Pentecostés!


1.- En mayo, con la presencia de María y amparados por el testimonio inquebrantable de los apóstoles, también nosotros sentimos la fuerza del Espíritu Santo que nos empuja a vivir como amigos de Cristo y, además, a ser voceros de su persona, de su estilo de vida y de su misión.
Un cristiano, al asomarse a la ventana del mundo, corre el riesgo de pensar que “nuestro producto” ha quedado desfasado. Que no vende. El miedo, cuando no la vergüenza, puede paralizar ese afán que todo seguidor de Jesús ha de tener: vivirlo y manifestarlo a los cuatro vientos.
¿Por qué tanto miramiento por las etiquetas que nos puedan colgar?
¿Acaso el camino de los viejos creyentes (incluidos los del Antiguo Testamento) ha sido un trayecto de rosas exento de espinas?
¿Es más testimonial y profética una fe de trincheras, que aquella otra de primera línea, en guardia y en retaguardia?
En Pentecostés, el Señor, nos pone un potente suero para que no nos echemos atrás en ese intento que, a una con la festividad de la Ascensión, nos propusimos: te vas…pero seremos tus testigos. No podemos permanecer postrados en una permanente “UCI” esperando a que vengan otros tiempos o que, otros hermanos nuestros, vayan por delante despejando un terreno pedregoso y, a veces, poco fructífero para la fe.
2.- Como hace dos milenios, la Iglesia, sigue haciendo frente a muchos condicionantes que le hacen difícil pero, precisamente por ello mismo, más apasionante su labor. Como el salmón, acostumbrado a ir contracorriente, la iglesia sabe que más allá del horizonte humano, ha de pregonar unos parámetros que lleve a todo hombre a una mayor consecución de justicia, vivencia de fraternidad y conquista de la auténtica verdad.
Como hace 2000 años, la Iglesia, reunida en el nombre del Señor (pocos o muchos, eso es lo de menos) sabemos que el Espíritu Santo es el mejor escudo y la mejor defensa para seguir en nuestro empeño. Para llevar a este mundo nuestro una palabra de consuelo, de alegría, de serenidad, de Dios. Una iglesia que habla sin tapujos, sin complejos aún a riesgo de ser tachada como reliquia del pasado. Precisamente por ello (por ser voz profética y discordante) su mensaje hará que salten chispas cuando puede más la sin razón que el sentido común, la banalidad de las cosas que la dignidad humana, el personalismo más que lo comunitario, el cosmos más que el propio hombre. Una iglesia a la que no le importa mirar de reojo pero con emoción a los orígenes de su nacimiento.
En aquel alumbramiento la comunión de bienes y el perdón, la fraternidad y la alegría, la valentía y la audacia para presentar a Jesucristo….rompieron esquemas y tradiciones, corazones y modos de vida. Unos hombres y mujeres que llamaban la atención y que fueron formando esa gran familia que ha llegado hasta nuestros días.
En Pentecostés, ciertamente, el miedo desparece, la luz se impone sobre la tiniebla, la verdad sobre el error, la universalidad de la iglesia frente a los personalismos, la valentía vence a la cobardía y la fortaleza se hace dueña de la debilidad. ¡Feliz Pascua del Espíritu!
Y para terminar os propongo la siguiente oración:
¡QUE VENGA, SEÑOR!
Tu Espíritu de escucha; cuando como María, estamos atentos a lo que nos dices
Tu Espíritu de serenidad; cuando las noches son más fuertes que el día
Tu Espíritu de fortaleza; cuando la debilidad se impone al tesón
Tu Espíritu de alegría; cuando nos dormimos en los laureles
Tu Espíritu de constancia; cuando no vemos fruto a su tiempo
Tu Espíritu de comunión; cuando surgen las divisiones
Tu Espíritu de comprensión; cuando se hace inteligible tu mensaje
Tu Espíritu de fraternidad; cuando se quiebra la unidad
Tu Espíritu de valentía; cuando nos quedamos inmóviles
Tu Espíritu de ruptura; cuando nos ataca el inmovilismo
Tu Espíritu de eternidad; cuando habla más la muerte que la vida
Tu Espíritu de vida; cuando estamos llenos de todo y de nada
Tu Espíritu de aliento; cuando nos asfixia la contaminación del mundo
Tu Espíritu de resurrección; cuando nos instalamos en lo efímero
Tu Espíritu de misión; cuando todo nos parece hecho
Tu Espíritu de perdón; cuando el hombre se sienta incomprendido
Tu Espíritu de Eucaristía; para que nunca nos falle el alimento.

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