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Lunes, 16. Julio 2018 - 10:57 Hora
DOMINGO XVI DEL T. ORDINARIO/B

LA MIRADA DE JESÚS

Marcos describe con todo detalle la situación. Jesús se dirige en barca con sus discípulos hacia un lugar tranquilo y retirado. Quiere escucharles con calma, pues han vuelto cansados de su primera correría evangelizadora y desean compartir su experiencia con el Profeta que los ha enviado.

El propósito de Jesús queda frustrado. La gente descubre su intención y se les adelanta corriendo por la orilla. Cuando llegan al lugar, se encuentran con una multitud venida de todas las aldeas del entorno. ¿Cómo reaccionará Jesús?

Marcos describe gráficamente su actuación: los discípulos han de aprender cómo han de tratar a la gente; en las comunidades cristianas se ha de recordar cómo era Jesús con esas personas perdidas en el anonimato, de las que nadie se preocupa. «Al desembarcar, Jesús vio un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas».

Lo primero que destaca el evangelista es la mirada de Jesús. No se irrita porque hayan interrumpido sus planes. Los mira detenidamente y se conmueve. Nunca le molesta la gente. Su corazón intuye la desorientación y el abandono en que se encuentran los campesinos de aquellas aldeas.

En la Iglesia hemos de aprender a mirar a la gente como la miraba Jesús: captando el sufrimiento, la soledad, el desconcierto o el abandono que sufren muchos. La compasión no brota de la atención a las normas o el recuerdo de nuestras obligaciones. Se despierta en nosotros cuando miramos atentamente a los que sufren.

Desde esa mirada Jesús descubre la necesidad más profunda de aquellas gentes: «andan como ovejas sin pastor». La enseñanza que reciben de los letrados de la Ley no les ofrece el alimento que necesitan. Viven sin que nadie cuide realmente de ellas. No tienen un pastor que las guíe y las defienda.

Movido por su compasión, Jesús «se pone a enseñarles muchas cosas». Con calma, sin prisas, se dedica pacientemente a enseñarles la Buena Noticia de Dios. No lo hace por obligación. No piensa en sí mismo. Les comunica la Palabra de Dios, conmovido por la necesidad que tienen de un pastor.

No podemos permanecer indiferentes ante tanta gente que, dentro de nuestras comunidades cristianas, anda buscando un alimento más sólido que el que recibe. No hemos de aceptar como normal la desorientación religiosa dentro de la Iglesia. Hemos de reaccionar de manera lúcida y responsable. No pocos cristianos buscan ser mejor alimentados. Necesitan pastores que les transmitan la enseñanza de Jesús.

Lunes, 9. Julio 2018 - 11:11 Hora
DOMINGO XV DEL T. ORDINARIO/B

NUEVA ETAPA EVANGELIZADORA
NO BASTA PASARLO BIEN

El papa Francisco nos está llamando a una «nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría de Jesús». ¿En qué puede consistir? ¿Dónde puede estar su novedad? ¿Qué hemos de cambiar? ¿Cuál fue realmente la intención de Jesús al enviar a sus discípulos a prolongar su tarea evangelizadora?

El relato de Marcos deja claro que solo Jesús es la fuente, el inspirador y el modelo de la acción evangelizadora de sus seguidores. No harán nada en nombre propio. Son «enviados» de Jesús. No se predicarán a sí mismos: solo anunciarán su Evangelio. No tendrán otros intereses: solo se dedicarán a abrir caminos al reino de Dios.

La única manera de impulsar una «nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría de Jesús» es purificar e intensificar esta vinculación con Jesús. No habrá nueva evangelización si no hay nuevos evangelizadores, y no habrá nuevos evangelizadores si no hay un contacto más vivo, lúcido y apasionado con Jesús. Sin él haremos todo menos introducir su Espíritu en el mundo.

Al enviarlos, Jesús no deja a sus discípulos abandonados a sus fuerzas. Les da su «poder», que no es un poder para controlar, gobernar o dominar a los demás, sino su fuerza para «expulsar espíritus inmundos», liberando a las personas de lo que las esclaviza, oprime y deshumaniza.

Los discípulos saben muy bien qué les encarga Jesús. Nunca lo han visto gobernando a nadie. Siempre lo han conocido curando heridas, aliviando el sufrimiento, regenerando vidas, liberando de miedos, contagiando confianza en Dios. «Curar» y «liberar» son tareas prioritarias en la actuación de Jesús. Darían un rostro radicalmente diferente a nuestra evangelización.

Jesús los envía con lo necesario para caminar. Según Marcos, solo llevarán bastón, sandalias y una túnica. No necesitan de más para ser testigos de lo esencial. Jesús los quiere ver libres y sin ataduras; siempre disponibles, sin instalarse en el bienestar; confiando en la fuerza del Evangelio.

Sin recuperar este estilo evangélico, no hay «nueva etapa evangelizadora». Lo importante no es poner en marcha nuevas actividades y estrategias, sino desprendernos de costumbres, estructuras y servidumbres que nos están impidiendo ser libres para contagiar lo esencial del Evangelio con verdad y sencillez.

En la Iglesia ha perdido ese estilo itinerante que sugiere Jesús. Su caminar es lento y pesado. No sabemos acompañar a la humanidad. No tenemos agilidad para pasar de una cultura ya pasada a otra actual. Nos agarramos al poder que hemos tenido. Nos enredamos en intereses que no coinciden con el reino de Dios. Necesitamos conversión.

NO BASTA PASARLO BIEN

Sociólogos y siquiatras describen en sus análisis los rasgos que parecen definir cada vez de manera más clara el perfil del hombre contemporáneo. Sin duda, no todo es negativo. Lo que resulta, tal vez, más preocupante es el vaciamiento y la degradación de la vida que constatan en muchas personas.

Según diferentes estudios, el hombre de hoy es cada vez más indiferente a "lo importante" de la vida. Apenas le interesan las grandes verdades de la existencia. No tiene certezas firmes ni convicciones profundas. Es cierto que busca mucha información para saber lo que está pasando. Pero esto no le ayuda a formarse ni a ser más sabio y profundo. Recibe noticias, pero le falta capacidad para hacer una síntesis de lo que le llega.

Se trata, al mismo tiempo, de un ser humano cada vez más hedonista. Sólo le interesa de verdad organizarse de la manera más placentera posible. Aprovecharse, disfrutar de la vida y sacarle jugo. La vida es placer y si no, no es vida. A esta persona le cuesta cada vez más, interesarse por algo que no sea su propio bienestar, su dinero o el pasarlo bien.

Otro rasgo es la permisividad. Cada vez es mayor la resistencia a aceptar códigos o normas de comportamiento. Es bueno lo que me apetece, y malo lo que me disgusta. Eso es todo. No hay prohibiciones ni terrenos vedados. No hay tampoco objetivos ni ideales mayores. Lo importante es el pragmatismo: lo que a mí me va bien.

Mientras tanto, la vida se va vaciando de verdadero contenido humano. La persona humana se queda sin metas ni puntos de referencia.

Las personas tienen cada vez más fachada y menos vida interior.

Los valores humanos son sustituidos por los intereses de cada uno.

Al sexo se le llama amor; al placer, felicidad; a la información televisiva, cultura.

Pero el ser humano es demasiado grande para contentarse con cualquier cosa. No pocos analistas toman nota del número creciente de personas que, cansadas de vivir una vida tan "rebajada", buscan algo diferente.

Es difícil vivir una vida que no apunta a ninguna meta. No basta tampoco pasarlo bien. El ser humano necesita arriesgarse y crecer comprometiéndose en causas nobles y dignas.

La vida se hace insoportable cuando todo se reduce a fachada y frivolidad. Estamos hechos también para cultivar el espíritu y la alegría interior.

Una vida hueca y superficial es siempre una vida vulnerable. Tarde o temprano lleva al cansancio.

Hay mucha gente hoy cansada de vivir, pero no como consecuencia de sus compromisos y tareas sino porque no pueden soportar ya su propio vacío.

Esta sociedad necesita dar un giro radical. Hay que "predicar la conversión", impulsar el cambio, pero, sobre todo, hay que introducir en la cultura moderna y en la convivencia social valores, actitudes y comportamientos que nos hagan más humanos.

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