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Martes, 20. Junio 2017 - 17:34 Hora
DOMINGO XII DEL T. ORDINARIO /A

NUESTROS MIEDOS
MANUAL DE INSTRUCCIONES

Cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte o una fe firme, fácilmente queda nuestra vida a merced de nuestros miedos. A veces es el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar lo que nos detiene al tomar las decisiones. No nos atrevemos a arriesgar nuestra posición social, nuestro dinero o nuestra pequeña felicidad.
Otras veces nos paraliza el miedo a no ser acogidos. Nos atemoriza la posibilidad de quedarnos solos, sin la amistad o el amor de las personas. Tener que enfrentarnos a la vida diaria sin la compañía cercana de nadie.
Con frecuencia vivimos preocupados solo de quedar bien. Nos da miedo hacer el ridículo, confesar nuestras verdaderas convicciones, dar testimonio de nuestra fe. Tememos las críticas, los comentarios y el rechazo de los demás. No queremos ser clasificados. Otras veces nos invade el temor al futuro. No vemos claro nuestro porvenir. No tenemos seguridad en nada. Quizá no confiamos en nadie. Nos da miedo enfrentarnos al mañana.
Siempre ha sido tentador para los creyentes buscar en la religión un refugio seguro que nos libere de nuestros miedos, incertidumbres y temores. Pero sería un error ver en la fe el agarradero fácil de los pusilánimes, los cobardes y asustadizos.
La fe confiada en Dios, cuando es bien entendida, no conduce al creyente a eludir su propia responsabilidad ante los problemas. No le lleva a huir de los conflictos para encerrarse cómodamente en el aislamiento. Al contrario, es la fe en Dios la que llena su corazón de fuerza para vivir con más generosidad y de manera más arriesgada. Es la confianza viva en el Padre la que le ayuda a superar cobardías y miedos para defender con más audacia y libertad el reino de Dios y su justicia.
La fe no crea hombres cobardes, sino personas resueltas y audaces. No encierra a los creyentes en sí mismos, sino que los abre más a la vida problemática y conflictiva de cada día. No los envuelve en la pereza y la comodidad, sino que los anima para el compromiso.
Cuando un creyente escucha de verdad en su corazón las palabras de Jesús: «No tengáis miedo», no se siente invitado a eludir sus compromisos, sino alentado por la fuerza de Dios para enfrentarse a ellos.

MANUAL DE INSTRUCCIONES

No hay comparación entre vosotros y los gorriones
El mayor problema de muchas personas es que han recibido el regalo de la vida pero desconocen las instrucciones para su buen funcionamiento.
Su problema se hace todavía más agudo en una sociedad que ofrece “un manual de instrucciones», en muchos casos, absolutamente disparatado.
Algo así como si, al estrenar coche, se nos entregaran para su uso y mantenimiento instrucciones tan absurdas como éstas:
“Para alimentar el motor, échesele agua».
«En caso de mal funcionamiento en el carburador, limpie bien los ceniceros y alfombras».
«Para obtener un frenado más seguro, encienda la calefacción”.
Sin embargo, son convicciones y pautas de conducta tan habituales y comunes que seguirlas nos parece lo más sensato y juicioso, sin advertir que son precisamente la fuente más importante de muchas de nuestras desdichas, frustraciones y miedos.
¿Cómo dudar, por ejemplo, de esa convicción tan arraigada en nosotros y que constantemente dirige nuestra conducta con esta consigna: “Si no tienes éxito, no vales»?
Creemos que para lograr la estima y aprobación de los demás e, incluso, la nuestra propia, hemos de lograr el éxito en todo lo que emprendemos.
Programados de manera tan equivocada, ya no podemos sentirnos bien si no lo logramos. Nos torturamos a nosotros mismos siempre que fracasamos en algo. Cualquier contratiempo nos llena de irritación y nos deprime.
Creemos que, para valer, hemos de poseer cosas, dominar personas, acumular éxitos. Y si son otros los que lo logran, una envidia secreta y casi inconsciente llena de tristeza nuestra vida entera.
No nos damos cuenta de que, buscando nuestra dignidad fuera de nosotros mismos y desconectados de la fuente auténtica del ser, nuestro vivir diario queda cada vez más amenazado.
Vivimos ciegos, sin valorar el inmenso regalo de la vida que palpita en nosotros. Sin sospechar lo que valemos ni disfrutar de lo que somos, sin necesidad de que le añadamos éxito o logro a nuestro ser.
Lo que en nosotros vale es esa vida que brota de Dios y hacia Dios se dirige. Lo que somos ante ese Padre que cuida y alienta con su amor todo nuestro ser.
Esa es la convicción de Jesús:
«No tengáis miedo... Tenéis un Padre...
Vosotros valéis mucho más que los gorriones que El cuida”.

Lunes, 12. Junio 2017 - 10:50 Hora
CORPUS CHIRISTI

ESTANCADOS EL NUEVO DOMINGO
HACER MEMORIA

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EL NUEVO DOMINGO

El domingo ya no es lo que era hace unos años. En poco tiempo ha crecido y se ha convertido en el «fin de semana», que comienza ya el viernes por la tarde y en el que la mayoría puede vivir de manera diferente, escapando de las obligaciones del trabajo, de los horarios impuestos y de la rutina diaria.

No todos vivimos el fin de semana de la misma manera. Para algunos es una verdadera suerte: tienen iniciativa, posibilidades y amigos para disfrutar esos días. Para otros es un tiempo cruel, pues sienten con más fuerza su soledad, enfermedad o vejez; el domingo solo despierta en ellos tristeza y nostalgia. Otros temen el domingo, no saben qué hacer con él, se aburren; si no hubiera fútbol sería insoportable.

Teólogos y liturgistas se preguntan hoy cómo será en el futuro el domingo cristiano. ¿Se reducirá a una celebración de la misa aislada y sin conexión alguna con el fin de semana de la gente? Por el contrario, «no será posible una integración dinámica de los valores humanos del fin de semana en la mística del domingo?». Algunas pistas.

El domingo cristiano puede ser el alma del fin de semana, que ayude a los creyentes a experimentar mejor su libertad de hijos de Dios, sin imposiciones ni fines utilitaristas. La Eucaristía podría ayudar a recuperar el sosiego y reavivar el aliento interior. El fin de semana podemos ser un poco más «nosotros mismos».

Por otra parte, se podría recuperar el sábado como fiesta de la creación; de esta manera se podría proseguir el domingo con la celebración de la salvación. Así piensan algunos liturgistas. La fe ayudaría entonces a vivir el fin de semana como una celebración al Creador y un encuentro con la naturaleza, no a través del trabajo, sino del disfrute y la contemplación.

Por último, la celebración de la «asamblea eucarística» puede dar un sentido más hondo a esa otra dimensión del fin de semana, que es la comunicación entrañable y gratificante con amigos y familiares, o el encuentro con otras personas y otros pueblos. El fin de semana puede ser experiencia de encuentro y comunión de hermanos. ¿Crecerá él domingo cristiano hasta ser «fermento y sal» del fin de semana de la actual cultura? En cualquier caso, podemos hacernos una pregunta: ¿sabemos los cristianos extraer de la Eucaristía dominical aliento y alegría para vivir el nuevo domingo?

HACER MEMORIA

Jesús creó un clima especial en aquella cena de despedida que compartió con los suyos la víspera de su ejecución. Sabía que era la última. Ya no volvería a sentarse a la mesa con ellos hasta la fiesta final junto al Padre. Quería dejar bien grabado en su recuerdo lo que había sido siempre su vida: pasión por Dios y entrega total a todos.

Esa noche lo vivía todo con tal intensidad que, al repartirles el pan y distribuirles el vino, les vino a decir estas palabras memorables: «Así soy yo. Os doy mi vida entera. Mirad: este pan es mi cuerpo roto por vosotros; este vino es mi sangre derramada por todos. No me olvidéis nunca. Haced esto en memoria mía. Recordadme así: totalmente entregado a vosotros. Esto alimentará vuestras vidas».

Para Jesús, era el momento de la verdad. En esa cena se reafirmó en su decisión de ir hasta el final en su fidelidad al proyecto de Dios. Seguiría siempre del lado de los débiles, moriría enfrentándose a quienes deseaban otra religión y otro Dios olvidado del sufrimiento de la gente. Daría su vida sin pensar en sí mismo. Confiaba en el Padre. Lo dejaría todo en sus manos.

Celebrar la Eucaristía es hacer memoria de este Jesús, grabando dentro de nosotros cómo fue él hasta el final. Reafirmarnos en nuestra opción por vivir siguiendo sus pasos. Tomar en nuestras manos nuestra vida y compromisos para intentar vivirlos hasta las últimas consecuencias.

Celebrar la Eucaristía es, sobre todo, decir como él: «Esta vida mía no la quiero guardar exclusivamente para mí. No la quiero acaparar sólo para mi propio interés. Quiero pasar por esta tierra reproduciendo en mí algo de lo que él vivió. Sin encerrarme en mi egoísmo; contribuyendo desde mi entorno y mi pequeñez a hacer un mundo más humano».

Es fácil hacer de la Eucaristía otra cosa muy distinta de lo que es. Basta con ir a misa a cumplir una obligación, olvidando lo que Jesús vivió en la última cena. Basta con comulgar, pensando sólo en nuestro bienestar interior. Basta con salir de la iglesia sin decidirnos nunca a vivir de manera más entregada.



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