Martes, 31. Enero 2012 - 09:57 Hora
DOMINGO 5º DEL TIEMPO ORDINARIO /B
A LA PUERTA DE NUESTRA CASA
En la sinagoga de Cafarnaún Jesús ha liberado por la mañana a un hombre poseído por un espíritu maligno. Ahora se nos
dice que sale de la «sinagoga» y marcha a «la casa» de Simón y Andrés. La indicación es importante pues, en el evangelio
de Marcos, lo que sucede en esa casa encierra siempre alguna enseñanza para las comunidades cristianas Jesús pasa de la sinagoga, lugar oficial de la religión judía, a la casa, lugar donde se vive la vida cotidiana junto a los seres más queridos. En esa casa se va a ir gestando la nueva familia de Jesús. Las comunidades cristianas han de recordar que no son un lugar religioso donde se vive de la Ley, sino un hogar donde se aprende a vivir de manera nueva en torno a Jesús.
Al entrar en la casa, los discípulos le hablan de la suegra de Simón. No puede salir a acogerlos pues está postrada en
cama con fiebre. Jesús no necesita más. De nuevo va a romper el sábado por segunda vez el mismo día. Para él lo importante
es la vida sana de las personas, no las observancias religiosas. El relato describe con todo detalle los gestos de Jesús con la
mujer enferma.
«Se acercó». Es lo primero que hace siempre: acercarse a los que sufren, mirar de cerca su rostro y compartir su
sufrimiento. Luego, «la cogió de la mano»: toca a la enferma, no teme las reglas de pureza que lo prohíben; quiere que la
mujer sienta su fuerza curadora. Por fin, «la levantó», la puso de pie, le devolvió la dignidad.
Así está siempre Jesús en medio de los suyos: como una mano tendida que nos levanta, como un amigo cercano que nos
infunde vida. Jesús solo sabe servir, no ser servido. Por eso la mujer curada por él se pone a «servir» a todos. Lo ha
aprendido de Jesús. Sus seguidores han de vivir acogiéndose y cuidándose unos a otros.
Pero sería un error pensar que la comunidad cristiana es una familia que piensa solo en sus propios miembros y vive de
espaldas al sufrimiento de los demás. El relato dice que, ese mismo día, «al ponerse el sol», cuando ha terminado el sábado,
le llevan a Jesús toda clase de enfermos y poseídos por algún mal.
Los cristianos hemos de grabar bien la escena. Al llegar la oscuridad de la noche, la población entera con sus enfermos
«se agolpa a la puerta». Los ojos y las esperanzas de los que sufren buscan la puerta de esa casa donde está Jesús. La Iglesia
solo atrae de verdad cuando la gente que sufre puede descubrir dentro de ella a Jesús curando la vida y aliviando el
sufrimiento. A la puerta de nuestras comunidades hay mucha gente sufriendo. No lo olvidemos.
LA MANO TENDIDA DE JESÚS
La exégesis moderna ha tomado conciencia de que toda la actuación de Jesús está sostenida por la «gestualidad». No basta, por ello, analizar sus palabras. Es necesario estudiar además el hondo contenido de sus gestos.
Las manos son de gran importancia en el gesto humano. Pueden curar o herir, acariciar o golpear, acoger o rechazar. Las manos pueden reflejar el ser de la persona. De ahí que se estudie hoy con atención las manos de Jesús, en las que tanto insisten los evangelistas.
Jesús toca a los discípulos caídos por tierra para devolverles la confianza: «Levantaos, no temáis». Cuando Pedro comienza a hundirse, le tiende su mano, lo agarra y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por que has dudado?». Jesús es muchas veces mano que levanta, infunde fuerza y pone en pie a la persona.
Los evangelistas destacan sobre todo los gestos de Jesús con los enfermos. Son significativos los matices expresados por los diferentes verbos. A veces Jesús «agarra» al enfermo para arrancarlo del mal. Otras veces «impone» sus manos en un gesto de bendición que transmite su fuerza curadora. Con frecuencia extiende su mano para «tocar» a los leprosos en un gesto de cercanía, apoyo y compasión. Jesús es mano cercana que acoge a los impuros y los protege de la exclusión.
Desde estas claves hemos de leer también el relato de Cafarnaún. Jesús entra en la habitación de una mujer enferma, se acerca a ella, la coge de la mano y la levanta en un gesto de cercanía y de apoyo que le transmite nueva fuerza. Jesucristo es para los cristianos «la mano que Dios tiende» a todo ser humano necesitado de fuerza, apoyo, compañía y protección. Esa es la experiencia del creyente a lo largo de su vida, mientras camina hacia el Padre.
RELIGIÓN TERAPÉUTICA
La teología contemporánea trata de recuperar poco a poco una dimensión del cristianismo que, aun siendo esencial, se ha ido perdiendo en buena parte a lo largo de los siglos. A diferencia de otras religiones, «el cristianismo es una religión terapéutica».
En el origen de la tradición cristiana nada aparece con tanta claridad como la figura de Jesús curando enfermos. Es el signo que él mismo presenta como garantía de su misión: «Los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen...». Por otra parte, nada indica mejor el sentido de la fe cristiana que esas palabras tantas veces repetidas por Jesús: «Tu fe te ha sanado». No es extraño que Cristo haya sido invocado en la Iglesia antigua con esta hermosa plegaria: «Ayúdanos, Cristo, tú eres nuestro único Médico».
Es fácil resumir lo sucedido posteriormente. Por una parte, el cristianismo se preocupó cada vez más de justificarse frente a objeciones y ataques, utilizando la teología para exponer el contenido de la fe de manera doctrinal; poco a poco se terminó pensando que lo importante era «creer verdades reveladas». Por otra parte, la curación fue pasando enteramente a manos de la ciencia médica, cada vez más capacitada para curar el organismo humano.
No se trata ahora de que la fe recupere el terreno cedido a la medicina científica echando mano de la oración o de otras prácticas religiosas para curar enfermedades. La religión no es un remedio terapéutico más. La perspectiva ha de ser otra. La medicina moderna se ha centrado en curar órganos y reparar disfunciones, pero la persona es mucho más que un «caso clínico». No basta curar enfermedades y dolencias. Es el ser humano el que necesita ser sanado.
Asegurada la curación de buena parte de las enfermedades graves, el mal se cuela por la puerta trasera y vuelve a entrar en el ser humano bajo forma de sinsentido, depresión, soledad o vacío interior. No basta curar algunas enfermedades para vivir de manera sana.
Algunos teólogos apuntan dos hechos que pueden abrir un horizonte nuevo para la fe. Por una parte, se está desmoronando por sí sola una religión sustentada por la angustia y el miedo a Dios; es tal vez uno de los signos más esperanzadores que se están produciendo secretamente en la conciencia humana. Por otra parte, se abre así el camino hacia una forma renovada de creer y de «experimentar a Dios como fuerza sanadora y auxiliadora».
Tal vez en próximos siglos solo creerán quienes experimenten que Dios les hace bien, los que comprueben que la fe es el mejor estímulo y la mayor fuerza para vivir de manera más sana, con sentido y esperanza.
Martes, 24. Enero 2012 - 22:24 Hora
DOMINGO 4º DEL TIEMPO ORDINARIO /B
CURADOR
Según Marcos, la primera actuación pública de Jesús fue la curación de un hombre poseído por un espíritu maligno en la
sinagoga de Cafarnaún. Es una escena sobrecogedora, narrada para que, desde el comienzo, los lectores descubran la fuerza
curadora y liberadora de Jesús.
Es sábado y el pueblo se encuentra reunido en la sinagoga para escuchar el comentario de la Ley explicado por los
escribas. Por primera vez Jesús va a proclamar la Buena Noticia de Dios precisamente en el lugar donde se enseña
oficialmente al pueblo las tradiciones religiosas de Israel.
La gente queda sorprendida al escucharle. Tienen la impresión de que hasta ahora han estado escuchando noticias viejas,
dichas sin autoridad. Jesús es diferente. No repite lo que ha oído a otros. Habla con autoridad. Anuncia con libertad y sin
miedos a un Dios Bueno.
De pronto un hombre «se pone a gritar: ¿Has venido a acabar con nosotros?». Al escuchar el mensaje de Jesús, se ha
sentido amenazado. Su mundo religioso se le derrumba. Se nos dice que está poseído por un «espíritu inmundo», hostil a
Dios. ¿Qué fuerzas extrañas le impiden seguir escuchando a Jesús? ¿Qué experiencias dañosas y perversas le bloquean el
camino hacia el Dios Bueno que él anuncia?
Jesús no se acobarda. Ve al pobre hombre oprimido por el mal, y grita: «Cállate y sal de él». Ordena que se callen esas
voces malignas que no le dejan encontrarse con Dios ni consigo mismo. Que recupere el silencio que sana lo más profundo
del ser humano.
El narrador describe la curación de manera dramática. En un último esfuerzo por destruirlo, el espíritu «lo retorció y,
dando un grito muy fuerte, salió». Jesús ha logrado liberar al hombre de su violencia interior. Ha puesto fin a las tinieblas y
al miedo a Dios. En adelante podrá escuchar la Buena Noticia de Jesús.
No pocas personas viven en su interior de imágenes falsas de Dios que les hacen vivir sin dignidad y sin verdad. Lo
sienten, no como una presencia amistosa que invita a vivir de manera creativa, sino como una sombra amenazadora que
controla su existencia. Jesús siempre empieza a curar liberando de un Dios opresor.
Sus palabras despiertan la confianza y hacen desaparecer los miedos. Sus parábolas atraen hacia el amor a Dios, no hacia
el sometimiento ciego a la ley. Su presencia hace crecer la libertad, no las servidumbres; suscita el amor a la vida, no el
resentimiento. Jesús cura porque enseña a vivir sólo de la bondad, el perdón y el amor que no excluye a nadie. Sana porque
libera del poder de las cosas, del autoengaño y de la egolatría.
LOS MÁS DESVALIDOS ANTE EL MAL
Unos están recluidos definitivamente en un centro. Otros deambulan por nuestras calles. La inmensa mayoría vive con su familia. Están entre nosotros, pero apenas suscitan el interés de nadie. Son los enfermos mentales.
No resulta fácil penetrar en su mundo de dolor y soledad. Privados, en algún grado, de vida consciente y afectiva sana, no les resulta fácil convivir. Muchos de ellos son seres débiles y vulnerables, o viven atormentados por el miedo en una sociedad que los teme o se desentiende de ellos.
Desde tiempo inmemorial, un conjunto de prejuicios, miedos y recelos ha ido levantando una especie de muro invisible entre ese mundo de oscuridad y dolor, y la vida de quienes nos consideramos «sanos». El enfermo psíquico crea inseguridad, y su presencia parece siempre peligrosa. Lo más prudente es defender nuestra «normalidad», recluyéndolos o distanciándolos de nuestro entorno.
Hoy se habla de la inserción social de estos enfermos y del apoyo terapéutico que puede significar su integración en la convivencia. Pero todo ello no deja de ser una bella teoría si no se produce un cambio de actitud ante el enfermo psíquico y no se ayuda de forma más eficaz a tantas familias que se sienten solas o con poco apoyo para hacer frente a los problemas que se les vienen encima con la enfermedad de uno de sus miembros.
Hay familias que saben cuidar a su ser querido con amor y paciencia, colaborando positivamente con los médicos. Pero también hay hogares en los que el enfermo resulta una carga difícil de sobrellevar. Poco a poco, la convivencia se deteriora y toda la familia va quedando afectada negativamente, favoreciendo a su vez el empeoramiento del enfermo.
Es una ironía entonces seguir defendiendo teóricamente la mejor calidad de vida para el enfermo psíquico, su integración social o el derecho a una atención adecuada a sus necesidades afectivas, familiares y sociales. Todo esto ha de ser así, pero para ello es necesaria una ayuda más real a las familias y una colaboración más estrecha entre los médicos que atienden al enfermo y personas que sepan estar junto a él desde una relación humana y amistosa.
¿Qué lugar ocupan estos enfermos en nuestras comunidades cristianas? ¿No son los grandes olvidados? El evangelio de Marcos subraya de manera especial la atención de Jesús a «los poseídos por espíritus malignos». Su cercanía a las personas más indefensas y desvalidas ante el mal siempre será para nosotros una llamada interpeladora.
NECESITAMOS MAESTROS DE VIDA
Jesús no fue un profesional especializado en comentar la Biblia o interpretar correctamente su contenido. Su palabra clara, directa, auténtica, tiene una fuerza diferente que el pueblo sabe captar enseguida.
No es un discurso lo que sale de labios de Jesús. Tampoco una instrucción. Su palabra es una llamada, un mensaje vivo que provoca impacto y se abre camino en lo más hondo de los corazones.
El pueblo queda asombrado «porque no enseña como los letrados, sino con autoridad». Esta autoridad no está ligada a ningún título o poder social. No proviene de la doctrina que enseña. La fuerza de su palabra es él mismo, su persona, su espíritu, su libertad.
Jesús no es «un vendedor de ideologías» ni un repetidor de lecciones aprendidas de antemano. Es un maestro de vida que coloca al ser humano ante las cuestiones más decisivas y vitales. Un profeta que enseña a vivir.
Es duro reconocer que, con frecuencia, las nuevas generaciones no encuentran «maestros de vida» a quienes poder escuchar. ¿Qué autoridad pueden tener las palabras de los dirigentes civiles o religiosos si no están acompañadas de un testimonio claro de honestidad y responsabilidad personal?
Nuestra sociedad necesita hombres y mujeres que enseñen el arte de abrir los ojos, maravillarse ante la vida e interrogarse con sencillez por el sentido último de la existencia. Maestros que, con su testimonio personal, siembren inquietud, contagien vida y ayuden a plantearse honradamente los interrogantes más hondos del ser humano.
Hacen pensar las palabras del escritor anarquista A. Robin, por lo que pueden presagiar para nuestra sociedad:
«Se suprimirá la fe en nombre de la luz; después se suprimirá la luz.
Se suprimirá el alma en nombre de la razón; después se suprimirá la razón.
Se suprimirá la caridad en nombre de la justicia; después se suprimirá la justicia.
Se suprimirá el espíritu de verdad en nombre del espíritu crítico; después se suprimirá el espíritu crítico».
El evangelio de Jesús no es algo superfluo e inútil para una sociedad que corre el riesgo de seguir tales derroteros.