Pedro Heredia Martínez
Participa en MUSICALITURGICA.COM en el Servicio Litúrgico, aportando cada semana una homilía para el Domingo correspondiente.
Sacerdote diocesano, de Linares (Jaén)
Lunes, 8. Marzo 2010 - 08:39 Hora
DOMINGO CUARTO DE CUARESMA
DOMINGO CUARTO DE CUARESMA
1.- La parábola que nos narra el evangelio de hoy (Lc.15,11-31) es de una belleza extraordinaria y quien la comprende, abandona de una vez para siempre todos los falsos dioses que nos han metido en la cabeza desde niños y que nosotros también nos vamos construyendo a nuestra medida.
José Luis Martín Descalzo hablando de esta parábola dice que esta parábola “es la más conocida, la más amada de las parábolas. También la más bella y la que más horizontes nos descubre en el corazón de Dios.”
El protagonista de la parábola no es el hijo menor (aunque la hemos venido llamando “parábola del hijo pródigo), así como tampoco tiene un papel predominante el hijo mayor. El protagonista, sin duda alguna, es el Padre
Se cuenta que el célebre literato ruso Dostoyevski, cuando estaba cerca de su muerte, le pidió a su esposa que le leyera la parábola del Padre bueno. Al terminar la lectura se dirigió a sus hijos diciéndoles: “Hijos, no olviden nunca lo que han escuchado. Confíen siempre en Dios y nunca duden de su perdón. Yo les amo muchísimo; pero mi amor es nada comparado con el infinito amor de Dios. Son hijos suyos. Él se regocija de vuestro arrepentimiento, como se regocijó de la vuelta del hijo pródigo.”
Cuando yo era pequeño y estaba preparándome para la primera comunión, el catequista me enseñó a recitar los siguientes versos:
“Mira que te mira Dios,
mira que te está mirando,
mira que te has de morir,
mira que no sabes cuándo.”
Hoy, si fuera catequista, no enseñaría estos versos a nadie por una razón muy sencilla: porque el Dios que en estos versos se enseña, es un Dios que sólo está al acecho para ver si tropiezas en lo más mínimo y así castigarte. Me enseñaron un Dios a quien tenía que tenerle miedo. ¿Es este el Dios que nos enseñó Jesús en la parábola del Padre bueno? Sin duda alguna que no (Lc.15,11-31).
La parábola del Padre bueno que leemos hoy en el evangelio es uno de los retratos más maravillosos que Jesús nos ha dado de Dios. Dios es el Padre que siempre ama independientemente de que nosotros, sus hijos le correspondamos o no. Dios ama sin condiciones. Esta es la manera de ser Dios: DIOS ES SÓLO Y TODO CORAZÓN; DIOS SÓLO ENTIENDE DE AMOR.
Henri Nouwen, en su libro “el regreso del hijo pródigo”, dice: “El amor sin fronteras de Dios está allí, siempre dispuesto a dar y perdonar, independientemente de lo que nosotros respondamos. El amor de Dios no depende de nuestro arrepentimiento o de nuestros cambios... Aquí está el Dios en el que quiero creer: Un Padre que, desde el comienzo de la creación, ha extendido sus brazos en una bendición llena de misericordia, sin forzar a nadie, pero siempre esperando; sin dejar que sus brazos caigan y esperando siempre que sus hijos vuelvan para poder hablarles con palabras de amor y para dejar que sus brazos cansados descansen en sus hombros… Es la historia que habla del amor que ya existía antes de cualquier rechazo y que estará presente después de que se hayan producido todos los rechazos.”
2.- Quizá nosotros que no entendemos aún lo que es el amor y hasta donde es capaz de llegar el amor, tampoco lleguemos a entender que la característica de nuestro Dios, el Dios de Jesús, es el perdón precisamente porque es amor.
El pintor italiano Perugini decía: La profesión de Dios es perdonar; pero además, con una profunda alegría.”
En la parábola del Padre todo amor, todo perdón, del evangelio de hoy (Lc.15,11-31) Jesús no lo expresa con una claridad meridiana:
- Por mucho que nos parezcamos a los hijos de la parábola:
+ Que sólo piensa en sí mismos.
+ Que sólo les interesa la herencia del padre (Lc.15,12.29).
+ Que son capaces de todo, hasta de traicionar al padre y
al hermano (Lc.15,13.28-30).
+ Que usan y abusan de los dones que le ha ofrecido el
padre (Lc.15,13.29).
+ Que no les importa el dolor del padre al ver que sus hijos
no le corresponden.
- El padre siempre está ahí, siendo todo corazón:
+ conoce muy bien quienes somos y de qué pié cojeamos.
Sabe de nuestros errores y de nuestras caídas.
+ Nos perdona sin interés alguno (Lc.15,12).
+ Respeta nuestra libertad, aunque esa libertad la
convirtamos en libertinaje.
+ Llora y sufre nuestros errores; pero siempre espera nuestra
vuelta a la casa y siempre está dispuesto a darnos el abrazo
del sin pedirnos explicaciones algunas de nuestra traición
(Lc.15,20).
+ Siempre el Padre está dispuesto a quitarnos la vieja y sucia
ropa con que nos había vestido esa sociedad podrida y
corrupta y ponernos el vestido lujoso de fiesta (Luc.15,22).
+ Y, cuando volvemos, hace tremenda fiesta porque, de
nuevo, siente el gozo y la alegría de nuestra presencia, de
nuestra vuelta a la vida: “Este hijo mío estaba muerto y ha
vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado”
(Lc.15,22-24).
3. La casa del Padre siempre está abierta para todos, sin exclusión alguna:
- Nadie puede decir: “yo no tengo ya perdón de Dios”. Dios nos lo dice bien claro: “Aunque tus pecados sean rojos como la grana, Yo los blanquearé más que la nieve” (Is.1,18).
- Nadie tiene por qué creerse perdido para siempre. La casa del Padre siempre está abierta para todos y a todas horas.
- Nadie puede decir: “Yo no puedo volver, yo no puedo ya cambiar” porque el Padre está ahí “apoyándonos en nuestra debilidad” (2Cort.12,9) para que podamos decir: “Hasta aquí llegué, es hora de rectificar y empezar una nueva vida” (Lc.15,17-20).
Todos podemos gozar de la fiesta de la reconciliación, de la vuelta a la casa del Padre, de la vuelta a la vida. Sólo necesitamos tener el valor del hijo menor de la parábola y decir con todo el corazón: “Me levantaré e iré a mi padre” (Luc.15,18).
La alegría de la vuelta y del abrazo con el Padre y los hermanos nos hará olvidar las tristezas y amarguras del pasado erróneo.
En la casa del Padre “siempre hay más alegría por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan de conversión” (Luc.15,7.10). Y esto, como nos dice el profeta Isaías: “Aunque vuestros pecados sean más rojos que la grana, yo los blanquearé más que la nieve” (Is.1,18).
Dice un refrán: “Si quieres ser algo en la vida, ama, perdona y olvida”. Es verdad que para nosotros el perdón se nos hace muy difícil porque aún no hemos sabido lo que es el amor; más aún, aunque perdonemos, se nos hace más difícil olvidar. El Padre Dios no sólo perdona porque ama, sino que también olvida.
Anthony de Mello cuenta que una anciana fue a párroco y le dijo: “Padre, se me ha aparecido Dios.” El sacerdote le respondió: “Muy bien, hija; la próxima que se te aparezca, dile a Dios que si se acuerda de mis pecados”.
La anciana regresó a los pocos días a la parroquia y, de nuevo, le dijo al cura: “Padre, he visto a Dios.” Y el sacerdote le dijo: “Le dijiste lo que te ordené?” “Sí”, respondió la anciana. “¿Y que te dijo Dios?” le contestó, de nuevo el cura. Y la anciana le respondió: “Dios me dijo: “Dile al cura que yo tengo muy mala memoria”.
Esto lo tenía bien claro el poeta alemán Heinrich Heine y por eso, decía: “Dios me perdonará: es su oficio.”
Dios, el Padre bueno, sí cumple con el refrán: “Ama, perdona y olvida.” Una buena parábola la del evangelio de hoy para que nosotros que recibimos siempre el perdón de Dios, nos alegremos también en darlo.
Como decía San Juan Crisóstomo: “Nada se asemeja tanto a Dios como el estar siempre dispuestos a perdonar.”