Pedro Heredia Martínez
Participa en MUSICALITURGICA.COM en el Servicio Litúrgico, aportando cada semana una homilía para el Domingo correspondiente.
Sacerdote diocesano, de Linares (Jaén)
Lunes, 6. Febrero 2012 - 08:32 Hora
DOMINGO SEXTO DEL AÑO
DOMINGO SEXTO (Mc.1,40-45)
“Si quieres, puedes limpiarme… Quiero, queda limpio” (Mc.1,40-41).
1.- Hoy nos presenta el evangelio un caso muy concreto de marginación en el pueblo judío: un leproso.
- El leproso, como los publicanos, los hombres de fama dudosa, las mujeres de mala vida... nunca fueron bien vistos por las altas cúpulas del poder, de la religión y el dinero; eran gente mala y el contacto con ellos era signo también de ser tan pecador como ellos. Por eso, a Jesús le achacaban que comía con pecadores y publicanos (Mt.9,9-13).
- El leproso era un caso especial de marginación: El leproso no tenía sitio en la sociedad; estaba destinado a vivir al margen de ella y de toda convivencia.
- El leproso tenía que vivir fuera de la ciudad (Num.5,2-4) e ir gritando por donde pasaba: “Soy leproso, soy leproso”, como dice el libro del Levítico: “El afectado por la lepra llevará la ropa rasgada y, desgreñada la cabeza, se tapará hasta el bigote e irá gritando: “Impuro, impuro. Todo el tiempo que le dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y vivirá aislado; fuera del campamento tendrá su morada” (Lev.13,45-46).
- Al leproso se le consideraba un pecador público. La lepra era la señal externa de su pecado interno (Lev.13,44). Era el sacerdote quien declaraba impuro al leproso (Lev.13,8) y, si alguna vez, era curado, el leproso tenía que presentarse a los sacerdotes para que ellos le devolvieran oficialmente la pureza perdida por la lepra, ya superada, y hacer públicamente ante ellos los actos de purificación mandados por la ley (Lev.14,1-32); por eso, Jesús le dice al leproso que termina de curar: “Muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés” (Mc.1,44).
El teólogo sudafricano Albert Nolan en su libro “Jesús antes del cristianismo. ¿Quién es este hombre?” dice que “ser pecador (en los tiempos de Jesús) era, por consiguiente, cuestión de fatalidad. Uno había sido predestinado a ser inferior por el destino o por voluntad de Dios. En este sentido, los pecadores eran cautivos o prisioneros."
2.- Jesús, con su manera de actuar, ataca duramente todas esas normas y leyes esclavizantes de una sociedad y religión “moralizantes” de su tiempo, hasta tal punto que dice: “Los publicanos y la prostitutas les adelantarán en el Reino de los cielos” (Mt.21,31).
- Jesús trata con los leprosos, “los toca” y hasta se “encoleriza” (Mc.1,41) al verlos excluidos de la sociedad y sentir el dolor de una religión que margina y condena precisamente a quienes más necesitan de Dios. La religión, condenando al leproso y tratándolo de impuro, daba a su vez una triste imagen de Dios que no era el Dios de Jesús.
- Jesús toca y sana al leproso sin importarle las críticas de esa sociedad, y le limpia de la lepra haciéndole ingresar, de nuevo, a la sociedad y dándole una nueva imagen de Dios, el Dios que está con los que sufren y son excluidos haciéndose uno de ellos en el mismo Jesús, como dice la canción de la misa campesina:
“Tú eres el Dios de los pobres,
el Dios humano y sencillo,
el Dios que suda en la calle,
el Dios de rostro curtido;
por eso es que te hablo yo,
así como habla mi pueblo,
porque eres el Dios obrero,
el Cristo trabajador.”
- Jesús, durante toda su vida, pone su palabra y su acción en servicio de los más excluidos y marginados de la sociedad y de la religión: los pobres, los enfermos, los leprosos, los niños, las mujeres…
- Jesús se acerca a todo marginado, aún saltándose las leyes civiles y religiosas de su tiempo, porque para él todo hombre se merece el respeto de todos y la admiración de todos. El ser humano es sagrado-
- Este gesto de Jesús con el leproso nos está diciendo que para Jesús lo principal no son las leyes por muy religiosas que sean, sino la persona humana.
- Jesús protesta contra toda sociedad o religión que excluye y margina al ser humano.
- Jesús está siempre allí donde están los marginados de cualquier estilo que sea, y con los humillados y marginados.
- La imagen de Dios que muchas veces dan los religiosos es ofensiva al mismo Dios. El Dios de Jesús no es un Dios sádico que le encanta castigar al ser humano con la enfermedad y el sufrimiento, Dios es el Dios de la vida y está allí donde uno de sus hijos es excluido de los bienes de la sociedad o marginado por una religión moralizante.
3.- Hoy, en el siglo XXI, como en los tiempos de Jesús, son muchas las personas condenadas por la sociedad o por la religión a vivir al margen de sus beneficios. Son marginados:
- Todos esos millones y millones de seres humanos que malviven en la miseria, sin trabajo, sin pan, sin salud, sin educación, sin casa donde vivir y dormir.
- Todos esos millones de seres humanos que no pueden exigir justicia porque la justicia se vende y ellos no tienen para comprarla.
- Todos esos millones de seres humanos que son excluidos de los servicios y beneficios públicos.
- Todos esos millones de niños de la calle, víctimas de toda clase explotación y marginación social.
- Todos esos millones de ancianos olvidados por sus propios hijos porque les consideran como un estorbo, y muchos de ellos malviven, mal comen y mal duermen en los bancos de las ciudades.
- Todos esos millones de gente madura y de jóvenes a quienes la sociedad no les brinda ni la más mínima oportunidad de encontrar un trabajo con el que puedan llevarle un poco de pan a sus hijos y devolverles la esperanza.
- LA LISTA DE LOS MARGINADOS ES HOY INTERMINABLE Y, LO QUE ES PEOR, ESTÁN ABANDONADOS AL FATALISMO, como dice el refrán: “Quien nace para céntimo, no llegará a peseta”.
- Jesús nos llama hoy, en este siglo XXI, a todos los cristianos a una lucha contra este pecado de la sociedad mundial o de cualquier religión que margine precisamente a quienes más necesitan de las manos de todos; unos de una manera otros de otra, estamos implicados, aunque sea con nuestro silencio, en este gran pecado de la marginación.
- Es cuestión de que todos sintamos profundamente que somos hermanos y nos demos cuenta de una vez para siempre que entre hermanos no podemos crear marginación de ninguna clase. Por eso, San Pablo nos dice de sí mismo: “Yo procuro contentar a todos, no buscando mi propio bien, sino el de ellos para que todos se salven” (ICort.10,33).