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Homilías de Pedro José Martínez Robles

Sábado, 11. Febrero 2012 - 18:03 Hora
Sexto Domingo del Tiempo Ordinario

Hoy contemplamos en el Evangelio una vez más que Jesús anuncia y hace presente el reino de Dios en medio de los hombres. En él se manifiestan y actúan la compasión de Dios delante del sufrimiento humano y su poder de dar la vida en abundancia. Él escucha el grito del pobre que lo invoca, y extiende su mano para auxiliarlo y sacarlo de la situación de dolor en que se encuentra. Quien ha tenido la gracia de “ser tocado” y sanado por Jesús, no puede permanecer pasivo, sino que se convierte en ese mismo momento en anunciador de la buena noticia.

En el Evangelio, Marcos continúa ayudándonos a descubrir quién es realmente Jesús de Nazaret. Este breve relato de la curación del leproso demuestra la autoridad y el poder de Jesús, en quien se manifiesta la misericordia de Dios que libera al hombre, destruyendo todas las barreras que dividen a la humanidad. Fijémonos en algunos detalles del Evangelio de hoy:

El leproso encuentra a Jesús al aire libre, en el camino, mientras recorre los diversos pueblos de Galilea. Los leprosos vivían fuera de las ciudades, y cuando veían a alguien que se les acercaba tenían que gritar: “¡impuro!, ¡impuro!”, para impedir que los otros se acercaran y se volvieran también ellos impuros. Un leproso era un excluido de la sociedad y de la religión. No podía entrar en contacto directo con los otros, ni participar en el culto de la sinagoga. Separado de la comunión de vida con Dios y con los demás, era considerado como un muerto que ya ha bajado a la tumba.

Esto era así, lo hemos escuchado en la Primera Lectura (del Libro del Levítico) pero Jesús, sin embargo, se deja encontrar por aquel hombre leproso, por una razón: porque el reino de Dios y la salvación no conocen confines de ningún tipo y son dones que se ofrecen a todos los hombres sin excepción.

Delante del sufrimiento del hombre que suplicaba, “Jesús tuvo compasión, extendió la manó, lo tocó y le dijo: ‘quiero, queda limpio’” (v. 41). En la traducción española del leccionario se dice “sintió lástima”, pero el sentido es más propfundo: “sintió compasión”. El verbo “compadecerse” indica la ternura y el amor misericordioso que brota de las entrañas (maternas), es una misericordia y un amor que brotan de las ‘entrañas maternas’ de Dios mismo; es la compasión, el amor, que siente una madre por su hijo. Jesús nos muestra cómo es la misericordia y el amor que Dios nos tiene y actúa movido por la misericordia sin límites que Dios tiene hacia el hombre.

Las palabras “quiero, queda limpio” expresan el querer más profundo de Jesús, que se hace explícito en su voluntad de curar y de purificar, superando una religión, la judía, que divide, separa, organiza ritualmente a los hombres, marginando a los impuros y reintegrando a los sanos, pero sin poder purificarlos. Dios demuestra a través del querer de Jesús su plan, su deseo en relación con cada hombre: que todo hombre sea puro, es decir, capaz de entrar en relación con el Dios Santo y con los otros hombres, sin impedimentos y en plena libertad. Quien tocaba a un leproso, se volvía impuro como él. Jesús, en cambio, tocando a este leproso, lo hace puro y digno.

Luego Jesús “extendió la mano”. "Este gesto espontáneamente recuerda que, en el Antiguo Testamento, para indicar el poder de Dios que actúa en la historia en favor de su pueblo. «Vemos aquí, en cierto modo, concentrada toda la historia de la salvación: ese gesto de Jesús, que extiende la mano y toca el cuerpo llagado de la persona que lo invoca, manifiesta perfectamente la voluntad de Dios de sanar a su criatura caída, devolviéndole la vida “en abundancia” (Jn 10, 10), la vida eterna, plena, feliz".

Cristo es “la mano” de Dios tendida a la humanidad, para que pueda salir de las arenas movedizas de la enfermedad y de la muerte, apoyándose en la roca firme del amor divino (cf. Sal 39, 2-3)» (Benedicto XVI, Ángelus 12-2-2006).

Jesús manda al leproso donde un sacerdote para que certifique su curación. Luego, siguiendo las indicaciones del Levítico, tenía que ofrecer un sacrificio. Jesús quiere reintegrar al leproso curado en la comunidad de Israel. Pero el leproso va más allá. No se queda encerrado en los límites del judaísmo, sino que comienza inmediatamente a divulgar la noticia de lo que le había ocurrido: comienza a “divulgar el hecho con grandes ponderaciones”. Como la suegra de Pedro, apenas curada, comienza a servir, también este leproso, apenas purificado, se preocupa por compartir con los otros el don recibido.

El camino que tuvo que recorrer este hombre, “purificado” por Jesús, es el camino que tiene que recorrer todo discípulo: venir a Jesús; aceptar la propia limitación humana; experimentar la misericordia y el poder liberador del Señor, que hace libre a todo hombre; y, finalmente, llegar a convertirse en evangelizador y testigo de las grandes obras de Dios.

Hoy la Iglesia celebra la campaña de Manos Unidas, el lema de este año es “La salud, derecho de todos, ¡actúa!”. “Se quiere poner de relieve, sobre todo, el derecho fundamental de toda persona a disponer de los medios y recursos necesarios para salvaguardar y defender la salud.
También en este aspecto pueden contemplarse los graves desequilibrios e injusticias de nuestro mundo contemporáneo. Mientras unos poseen abundantes y modernos medios en el campo de la salud, otros no poseen casi nada. No podemos sentirnos tranquilos ni indiferentes ante esta situación desconcertante que, por desgracia, es una triste realidad. No podemos permitir, sobre todo, que se institucionalice esta injusticia convirtiéndonos en cómplices pasivos. ¡Cómo quedar insensibles ante la muerte de tantos niños que mueren a la vista de sus padres por falta de medios!.
Se trata de un gravísimo problema ante el cual el cristiano, y cualquier persona de buena voluntad, no puede quedarse con los brazos cruzados». (Obispo de Jaén, Carta Pastoral para la Jornada de Manos Unidas 2012). Que seamos generosos.

Y hoy celebra también la Iglesia, en la Festividad de Nuestra Señora de Lourdes, la Jornada Mundial del Enfermo, “encomendemos a María, Salud de los enfermos, a todos los enfermos, especialmente a los que, en todas las partes del mundo, además de la falta de salud, sufren también la soledad, la miseria y la marginación. Pidamos también por quienes en los hospitales y en los demás centros de asistencia atienden a los enfermos y trabajan por su curación. Que la Virgen Santísima ayude a cada uno a encontrar alivio en el cuerpo y en el espíritu gracias a una adecuada asistencia sanitaria y a la caridad fraterna, que se traduce en atención concreta y solidaria” (Benedicto XVI, Ángelus 12-2-06).

Sábado, 4. Febrero 2012 - 17:54 Hora
Quinto domingo del Tiempo Ordinario

Hemos escuchado, queridos hermanos, cómo el Evangelista San Marcos nos narraba la actividad de Jesús: “Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y poseídos. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios”: Jesús predica el Evangelio y Jesús cura; lo veíamos así el domingo pasado. El miagro, la curación, expulsar demonios, da credibilidad a la predicación, pone de manifiesto en la personas concretas que Jesús es salvación para todos: Él lo dice y Él también lo hace.

Hemos visto que Jesús cura a la suegra de Pedro, que cura a muchos enfermos y poseídos. Podemos decir que tiene una actividad incesante. Pero me gustaría que cayéramos en la cuenta de que Jesús, después de toda esa actividad, se levanta de madrugada, se marcha a un descampado y allí se pone a orar.

En los Evangelios se nos cuenta muchas veces que Jesús se iba a rezar él solo, se marcha a un lugar tranquilo y alejado y se pone a orar: ¿por qué reza Jesús? ¿qué le lleva a la soledad, al retiro, al silencio?

Jesús necesita estar en diálogo con su Padre, es una necesidad vital, Él mismo nos lo dice “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre”, esto es lo que le alimenta, lo que le nutre, lo que le da fuerza, lo que le robustece para predicar “por toda Galilea”, para curar y expulsar demonios.

Y es mediante ese diálogo con el Padre como Jesús se va dando cuenta poco a poco de cuál es su misión, su tarea en medio de nosotros y de cómo su misión entre nosotros le llevaría a la cruz. Jesús se va dando cuenta en la oración que el amor al hombre le llevaría a darse por completo, a entregarse por completo. Y es que Jesús va descubriendo también la reacción de unos y de otros ante lo que dice y lo que hace, ve que anunciar el Reino y hacerlo presente trae divisiones, trae discordias, trae rencores hacia él y se da cuenta de que va a terminar mal; pero él sabe que si ama, si nos ama, tiene que ser hasta el extremo, hasta el final, hasta el límite.

Contemplar a Jesús orando nos tiene que mover a todos a imitarle: a buscar la voluntad del Padre sobre nuestra vida, tal y como hacía Jesús. Pero rezar no es fácil, porque implica la vida. Y no me refiero a recitar oraciones de una manera más o menos mecánica, casi sin darnos cuenta; me refiero a orar diciendo “Señor, ¿cuál es tu voluntad sobre mí?, ¿qué quieres que haga?, ¿qué quieres que diga?”; me refiero a coger el Evangelio y contemplar a Jesús, sus gestos, su mirada, sus actitudes hacia los demás, su palabra, su vida; y aplicárnosla, que sea nuestro criterio de vida y actuación. Y eso no es fácil porque hace salir de la rutina, porque nos aleja de la comodidad, porque nos hace preguntarnos qué estamos haciendo, dónde estamos y cómo estamos… y a lo mejor no queremos darnos cuenta de nuestra mediocridad, de que cuesta trabajo seguir a Jesús y que ser discípulo suyo no es tarea fácil, pero eso sí, hace feliz y llena a la vida.

En el Evangelio escuchado hemos visto que Jesús cura a la suegra de Simón. Aquella mujer estaba en cama con fiebre. Se lo dicen a Jesús y se acerca a ella, la coge de la mano y la levanta. Dice San Marcos “se le pasó la fiebre y se puso a servirles”. Jesús no hace grandes cosas con ella; simplemente se acerca, la coge de la mano y la levanta.

Y es que la sola presencia de Jesús cambia la vida de una persona, que aunque Jesús no haga grandes cosas vistosas y llenas de aparato, está y actúa en nosotros y a nuestro alrededor. Que Jesús siempre está atento a nosotros, se acerca a nosotros, nos coge de la mano y nos levanta de nuestras postraciones, de aquello que no impide ser nosotros mismos y servir a los demás.

Y nosotros, como aquella mujer, para agradecérselo, nos tenemos que poner a servirle a Él, el siervo de Dios que ha venido a servirnos y a darlo la vida por nosotros, sirviendo a nuestrso hermanos, especialmente en los más pequeños, en los enfermos, en los pobres.

¡Qué ejemplo de servicio nos da San Pablo! Dice: no tengo más remedio que predicar y ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!; es la misión que Dios le ha encargado y en esa misión encuentra su paga, su recompensa.

Que la presencia continua del Señor nos llene la vida; que sea Él el único al que reconocemos capaz de levantarnos y curarnos; que estemos cerca de él y busquemos su voluntad sobre nosotros; y que esto nos mueva a darle gracias continuamente sirviendo a los demás, anunciando con alegría lo que hemos recibido.

Sábado, 28. Enero 2012 - 13:18 Hora
Cuarto domingo de tiempo ordinario

Acaba de subrayar el Evangelista San Marcos que Jesús “no enseñaba como los letrados, sino con autoridad” ¿Qué significado tiene esa autoridad de Jesús al enseñar? ¿Qué nos puede decir a todos nosotros el Evangelio que acabamos de escuchar?.

Jesús va el sábado a la sinagoga y se pone a enseñar, se pone a explicar la Palabra de Dios, la Ley, el Antiguo Testamento. Y es precisamente en esta situación cuando un endemoniado comienza a gritarle; Jesús cura a ese hombre; Jesús no sólo enseña sino que también cura, hace milagros. Predica y cura, su palabra y sus hechos dan testimonio de lo que es: “el Santo de Dios” (lo confiesa el mismo endemoniado), el Hijo de Dios que ha venido a salvarnos del mal, de la enfermedad, del pecado.

Y claro, esto causa asombro, estupefacción: “Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen”.Jesús es la Palabra que se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros. Él es la Palabra de Dios; por Él, Dios mismo ha entrado en diálogo con todos nosotros; en Él continuamente tenemos la referencia, el objetivo, el centro de lo que tenemos que hacer, adonde tenemos que acudir. Y la Palabra de Jesús tiene un contenido que es salvador y liberador, de aquí es de donde viene su “autoridad”.

La autoridad de la Palabra de Jesús no le viene de su elocuencia. Yo estaba seguro de que Jesús no daba grandes discursos ni grandes sermones adornados con palabras vacías. La autoridad de Jesús tampoco viene plenamente del contenido de esta Palabra que nos dice, que es la misma Palabra del Padre que quiere acercarse a nosotros; la autoridad de Jesús asombra porque es la autoridad de Dios mismo. Ya desde el principio de su misión entre nosotros, Jesús nos muestra que su Palabra es la misma del Padre, que lo que dice es lo que ha oído al Padre. Ya desde el comienzo de su misión entre nosotros, Jesús nos muestra que es el Hijo de Dios. Su palabra causa asombro porque es el cumplimiento de esa misteriosa promesa que Dios mismo hizo a Moisés y que hemos escuchado en la Primera Lectura: “el Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo, de entre tus hermanos”; la Palabra de Jesús asombra porque era “estremecedora; arrancaba al espíritu de su seguridad, al corazón de su indolencia, mandaba y creaba. No se la podía oír y permanecer indiferente” (R. Guardini).

Y por si fuera poco, Jesús hace realidad todo lo que predica, el contenido salvador de su Palabra se pone de manifiesto cuando realiza signos de salvación: los milagros. El Evangelio nos muestra a Jesús predicando y curando, haciendo milagros. Lo uno no se realiza sin lo otro: el poder salvador de su Palabra se hace realidad en personas concretas: endemoniados, cojos, leprosos; la enfermedad significa que el hombre es débil y que ha sido atenazado por el peso del pecado, Y Jesús cura para expresar y manifestar que Dios Padre salva siempre.

¿Cuál es la enseñanza de la Palabra de Dios? Creo que es sencilla: los cristianos somos portadores de la Palabra que Dios nos ha dejado por medio de Jesucristo; los cristianos somos evangelizadores y hemos de serlo allá donde nos encontremos, allí donde estamos tenemos que anunciar a Jesús, su mensaje salvador.

Pero el mensaje del Evangelio lo tenemos que hacer creíble con nuestra vida; se trata de que seamos coherentes, de que seamos serios, de que no creamos una cosa y luego actuemos en la vida como si no creyéramos, que no digamos una cosa y después hagamos otra; se trata de que seamos testigos de que Jesús es vida y salvación para todos.

Si de algo se nos acusa a los cristianos de hoy en día es de nuestra incoherencia; y todos tenemos que mirar nuestro corazón a cada momento y ver si de verdad actuamos movidos por el Evangelio o más bien por nuestros intereses, por nuestros egoísmos, por lo que nos viene bien a cada momento.

Jesús nos llama hoy a que nuestra palabra sea como la suya, una palabra “con autoridad”: con la autoridad que le da la coherencia, el actuar de acuerdo a lo que se dice, el hacer pequeños signos a nuestro alrededor que testifiquen que ahí esta Dios.

Este es nuestro reto, es nuestra tarea, evangelizar con nuestra vida. En esta sociedad en la que cada vez hay menos personas que creen será el modo por el que vean que actuamos movidos por el amor; por el amor que lleva a Dios.

Vamos a celebrar la Eucaristía, en ella Cristo mismo se nos da para fortalecer nuestro caminar cristiano, nuestro caminar que quiere seguir los pasos de Jesús; seamos conscientes de que por ella Cristo va a habitar en nosotros y nos va a hacer capaces de testimoniar con nuestra palabra y nuestra vida ese Evangelio que Jesús nos anuncia.

Domingo, 15. Enero 2012 - 10:36 Hora
Domingo segundo del tiempo ordinario

Sorprende, queridos hermanos, la sencillez del Evangelio que acabamos de escuchar; las cosas que son importantes no hace falta explicarlas con muchas palabras. Las opciones de la propia vida no se pueden explicar porque van más allá de nuestro lenguaje, son sobre todo “cuestión de amor”, y el amor no se puede explicar con palabras, sólo se puede explicar con el testimonio de su vivencia en plenitud. Es lo que Juan nos intenta decir con este diálogo sencillo, de pocas palabras, entre tantos personajes: Juan el Bautista, Andrés, el propio Juan Evangelista, Simón Pedro; y por supuesto Jesús. Jesús que mira hasta lo más profundo del corazón de aquellos hombres, Jesús que les habla y les cambia la vida.

Y es que la mirada de Jesús es transformadora, y la Palabra del Hijo de Dios, del “Cordero de Dios” es transformadora. Lo mismo que les cambió la vida a aquellos amigos que estaban en la sencillez y en la rutina del día a día, también nosotros podemos experimentar el gozo de sentirnos mirados por Jesús y la inmensa alegría de ser llamados por él para seguirle.

No es fácil escuchar; la Primera Lectura nos lo dice de algún modo: hasta por tres veces creía Samuel que lo estaba llamando el sacerdote Elí, pero era el Señor quien lo llamaba. En nuestra vida de cada día también podemos experimentar interferencias que nos impiden escuchar la voz del Señor que nos llama a seguirle y a dar testimonio de Él. Esas interferencias, los criterios de este mundo, nos llevan a veces a no darnos cuenta de la presencia salvadora del Señor, nos llevan a veces a escucharlas sólo a ellas de manera que la voz del Señor queda oculta o incluso dejada de lado. Pero tenemos la suerte de tener al Espíritu que es quien nos hace sintonizar la voz del Señor, y darnos cuenta de que está con nosotros de una manera real.

San Pablo, a los cristianos de Corinto, les decía que son “templos del Espíritu Santo”, y que el ser “templos del Espíritu” y “miembros de Cristo” tiene unas consecuencias evidentes para su comportamiento moral. Es verdad, somos “templos del Espíritu”, el Señor está con nosotros, gozamos de la vida nueva de los hijos de Dios y por eso tenemos que vivir no según los criterios de este mundo, sino de acuerdo al don –al regalo inmenso que tenemos en nosotros, su Espíritu Santo.

Y es el Espíritu que habita en nosotros, el que nos hace experimentar la mirada transformadora de Jesús, y seguirle. Y su mirada, y el “quedarnos con Él”, nos cambia la vida. La vocación es un regalo del Señor, es un don del Señor para todos nosotros: el Señor nos llama a todos a ser testigos de Cristo en medio del mundo. Algunos hemos recibido un don especial, la llamada especial para seguirle en el sacerdocio o en la vida consagrada, pero a todos nos llama Jesús, el “cordero de Dios”, “para estar con él”, para quedarnos con él; para conocerle por medio de la escucha de su Palabra, del la oración, de la celebración de los sacramentos, del encuentro con los más necesitados en los que vemos el rostro del mismo Cristo. “Quedarnos con Jesús” implica aprender de su escuela, que es una escuela de amor y de entrega a todos los hombres. Estar con Jesús, como hicieron aquellos discípulos, es introducirse en una órbita en la que la alegría está continuamente presente. El señor Jesús nos invita también a nosotros a estar con él, a quedarnos con él. Lo que los primeros amigos de Jesús hicieron se presenta hoy, aquí y ahora, ante nuestro corazón para que hagamos lo mismo. Sintámonos llamados por el Señor, sintámonos privilegiados y agradecidos por experimentar la vida de la gracia y del amor que él nos regala.

Y comunicarlo a todos, ser testigos de esta experiencia de amor, ser testigos con nuestra palabra, pero también con nuestro testimonio de vida, con nuestra alegría, con nuestro vivir distinto a través del cual todos aquellos que tengan el corazón dispuesto podrán encontrarse con Cristo.

Que seamos capaces, como aquel discípulo, de llevar a los demás, a nuestros más cercanos, a Jesús; para estar con Él. Ahora mismo Él se nos va a hacer presente en la Eucaristía, el banquete de bodas del Cordero; Cristo muerto y resucitado que nos llama a seguirle en tiempos recios, pero tiempos en los que el testimonio auténtico de nuestra fe y de nuestro ser cristianos llenará nuestra vida de auténtico gozo.

(Imagen: "Eli y Samuel" de John Singleton Coppey, 1780)

Domingo, 8. Enero 2012 - 10:33 Hora
Bautismo del Señor

1. Hoy, queridos hermanos, culmina el tiempo de Navidad: hace dos días contemplábamos al Niño Jesús adorado por los magos y hoy celebramos su bautismo: vemos a Jesús ya adulto y a punto de iniciar su ministerio. La fiesta de hoy ocupa también el primer domingo del tiempo ordinario por lo que el día de hoy tiene como un sentido de transición, porque ya desde hoy vamos a contemplar a lo largo del año, cuál es la misión salvadora de Jesús en medio de nosotros, vamos a escuchar las Palabras de su Evangelio.

2. La manifestación oficial y pública del misterio salvador de Jesús se hace a partir del bautismo de Jesús en el Jordán. Jesús que, en apariencias, es uno de tantos judíos que acuden a Juan para recibir el bautismo de penitencia, es en realidad el Hijo de Dios hecho hombre, el Mesías ungido por el Espíritu, el Siervo doliente anunciado por el profeta Isaías, en una palabra, es el único Salvador de los hombres.

El bautismo de Jesús es la gran manifestación (epifanía) de Dios Salvador: Dios se manifiesta y se revela en su persona y en su obra. Jesús es el Mesías esperado de los siglos, un Mesías que a la vez es el Siervo sobre quien va reposar el Espíritu Santo y que ha sido ungido con vistas a su misión salvadora.

3. La comunión de Jesús con el Padre se manifiesta precisamente en el acontecimiento del Bautismo. El Bautismo es un momento especialmente humillante. Jesús se mezcla con los hombres pecadores, se adentra en las aguas del pecado y de la muerte, y se levanta (el griego no dice “salió del agua”, sino “se levantó”) como Hijo lleno del Espíritu de Dios. Lo mismo hará en la cruz, muerto entre pecadores y resucitado después lleno de Vida Nueva. Bautismo y Pascua expresan el mismo misterio, que es propiamente el sentido último de Jesús: su total comunión con el Padre que se manifiesta en su comunión amorosa con los hombres hasta perderlo todo, para liberarnos del pecado, y levantarse así lleno de la vida verdadera, para devolvernos a la comunión con Dios. La palabra del Padre proclama, contra toda evidencia nuestra: “en esto consiste ser mi Hijo”, ser el Siervo de Dios(1ª lectura): Siervo que estará lleno del Espíritu de Dios, lleno de la vida, de la fuerza y de la novedad de Dios. Siervo que proclamará la salvación y la esperanza. Y todo sin violencia ni prepotencia, no sólo proclamará la verdad de parte de Dios, sino que recuperará lo que está por perderse y reanimará lo que está por apagarse: “la caña cascada no la quebrada, el pábilo vacilante no lo apagará, hasta implantar en el derecho en las naciones”.
Consagrado por la presencia visible del Espíritu de Dios, Jesús de Nazaret, el hijo de María, es presentado a los hombres de manera solemne por la “voz del cielo”: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco”. El bautismo de Jesús es un hecho central en el conjunto del Evangelio. Pedro, por ejemplo, lo cita en el sermón antes del bautizo del primer pagano, Cornelio (lo hemos escuchado en la 2ª lectura). Y es que en el bautismo de Jesús aparece su misterio insondable: Jesús de Nazaret fue ungido con la fuerza del Espíritu de Dios, y proclamado por Él como “Hijo amado”. La Iglesia expresa en el hecho del bautismo, pórtico del Evangelio, su fe: la explicación última del misterio de Jesús de Nazaret es su íntima comunión como Hijo con el Padre, por la fuerza en él del Espíritu de Dios.

Cuando, recogido en oración, tras el bautismo, sale del agua, se abren los cielos. Es el momento esperado por tantos profetas, lo escuchábamos en el Adviento: “Ojalá se rasgasen los cielos y descendieses”, había pedido el profeta Isaías. En el momento del bautismo de Jesús esa oración es escuchada. De hecho, “vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba sobre él como una paloma”; y se escucharon las palabras del Padre: “Tú eres mi hijo amado; en ti me complazco”. Y es que “el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo descienden entre los hombres y nos revelan su amor que salva. Si los ángeles llevaron a los pastores el anuncio del nacimiento del Salvador, y la estrella guió a los Magos llegados de Oriente, ahora es la voz misma del Padre la que indica a los hombres la presencia de su Hijo en el mundo e invita a mirar a la resurrección, a la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte” (Benedicto XVI, Homilía 10-I-2010).

4. El significado profundo de nuestro bautismo consiste en la participación en la muerte y la resurrección de Jesucristo por la comunión viva con su Espíritu. De alguna manera, pues, el bautismo de Jesús prefigura el nuestro, en el sentido de que, así como en aquel momento el Padre certificó la filiación divina de Jesús ungiéndolo con el Espíritu antes de iniciar su misión, también nosotros en el bautismo somos consagrados hijos de Dios en Jesucristo por el Espíritu Santo. Tal como afirma el prefacio de la Misa de hoy: “en el bautismo de Cristo en el Jordán has realizado signos prodigiosos, para manifestar el misterio del nuevo bautismo”.

Hoy es un día para rememorar nuestro bautismo, para agradecerlo a Dios, para renovar nuestro compromiso bautismal y también para expresar que la Iglesia, pueblo de bautizados, renueva su adhesión a Cristo.

En la Eucaristía es el Espíritu que descendió sobre Jesús de modo visible el día del Bautismo, el que de modo invisible y enviado por el Padre tras la invocación de la Iglesia, hace que un trozo de pan y un poco de vino sean el Cuerpo y la Sangre del Hijo; Cuerpo y Sangre que nos fortalecen, que nos estimulan en nuestros compromisos bautismales y que, sobre todo, nos hacen entrar en comunión con el misterio del Dios Padre, Hijo y Espíritu que se han manifestado hoy, en esta fiesta del Bautismo del Señor.

Experimentemos y vivamos la fuerza de la Eucaristía y celebrémosla con alegría, con fe: esa fe que ahora todos vamos a proclamar, actualizando nuestro propio bautismo, nuestro ser hijos de Dios.

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